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Homilías

“ANTES DE QUE TE TRAJERA FELIPE, TE VI DEBAJO DE LA HIGUERA” (JN 1,49).

enero 05, 2018

 

Homilía del Viernes 05 de Enero en la Octava de Navidad.

Celebrada en el Sagrado Corazón en Tepic.

Hemos escuchado en el Evangelio cómo Jesús se encuentra con Felipe y lo llama: “Sígueme” (Jn 1,43). De esa experiencia entre Jesús y Felipe nace en él, la alegría de transmitir lo que ha vivido conociendo a Jesús, y por eso, va con Natanael y le dice: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,45). Natanael duda, se resiste a creer que puede haber llegado ya el Mesías, sin embargo, la duda la vence, acercándose a Jesús, y acepta la invitación de encontrarse con Él.

Jesús al verlo le dice: “Éste es un verdadero israelita, en él no hay doblez” (Jn 1,47). Natanael se resiste a recibir esa alabanza, quizá habrá pensado Natanael “me quiere comprar con esa alabanza para que yo le reconozca como Mesías”; sin embargo, Jesús le dice “antes de que te trajera Felipe te vi debajo de la higuera” (Jn 1,49). Conmueve a Natanael que ese hombre, que tiene delante conozca su interioridad, e inmediatamente confiesa “tú eres el mesías” (Jn 1,50). Jesús entonces le advierte: si sigues por este camino, de honestidad, de relación positiva, “mayores cosas has de ver” (Jn 1,51).

Este breve párrafo del Evangelio de San Juan ayuda a entender que Dios nos ha creado “en y para” la relación. No estamos creados para vivir aisladamente, a pesar de que hoy esa es la tendencia en nuestra sociedad: el individualismo. Se convive más con un aparatito que se llama celular que con la otra persona.

Para salir del individualismo y generar esa sensibilidad del encuentro es indispensable mirar a los ojos, y eso no es lo mismo que mirar una foto o una pintura. Mirar a los ojos es entrar en el otro, es abrirse las puertas el uno al otro, es entender que el otro siente como yo siento. Eso lo he experimentado en este momento que atravesaba el templo al verle sus rostros. No veía fotos, vi rostros alegres y emocionados como el mío. La persona está hecha para la relación.

Por tanto, es la mediación entre las personas la que nos hace ir encontrando el verdadero camino para el que Dios nos ha creado. De ahí nació y entendemos así el proyecto del Matrimonio, de ahí nació la vocación consagrada, proyectos de amor, de entendimiento, de experiencia compartida. Y esos pequeños círculos que se dan en el inicio de la relación humana deben crecer, deben ampliarse, deben ir más allá de las primeras personas que uno conoce.

Las primeras experiencias niñez, juventud, son experiencias fundantes, siempre para bien quien las ha vivido positivamente, y para mal quien le ha dejado heridas profundas, ya que será una referencia. Pero cualquiera de esas dos formas, si son experiencias positivas o negativas –y éste es el gran milagro de la vida–, con una actitud abierta y transparente como Natanael todas las heridas sanan, porque hay redención en Cristo. Y si son positivas el crecimiento es espectacular. El Señor lo dice a Natanael: “mayores cosas has de ver”. (Jn 1,51).

Créanme, cuando yo venía a este Templo de niño, de la mano de mi abuelita primero y después de mi mamá, nunca me imaginé a lo que el Señor me llamaba, ni lo que me iba a encomendar, simplemente descubrí que en el Sagrario estaba Jesús y creí en Él y a los once años Él despertó mi vocación al sacerdocio, y respondí a ella.

Y aquí están a mi lado algunos compañeros, otros alumnos con quien he compartido mi vida y aquí están ustedes con quien he compartido también distintos momentos de mi vida. Esto es tener la experiencia cristiana y transmitirla. No debemos tener miedo, nuestras experiencias no son para enterrarlas, nuestras experiencias son para contarlas, como hace el evangelista Juan, el discípulo amado de Jesús, que al final de sus escritos dice “Muchas otras cosas hizo” (Jn 21,25), pero yo les narro éstas porque son las que me impactaron para ser su discípulo.

Hoy, recuerdo el principio del Concilio Vaticano II “volver a las fuentes”. Cuando era estudiante del Seminario, en la etapa de la Teología, nuestros maestros insistían en ese principio. Al volver aquí, yo regreso a mis fuentes que me dieron solidez, firmeza, capacidad de amar, y por eso me siento muy contento y agradecido con la presencia de todos ustedes.

Volver a las fuentes es también lo que necesita hoy la Iglesia. El Papa Francisco lo tiene muy claro al pedirnos ser una Iglesia en salida y manifestar la misericordia divina. Ya no se transmite la fe simplemente induciendo a las prácticas de culto y de piedad. Los jóvenes ya no lo aceptan, las nuevas generaciones de adolescentes están imbuidos de esa tendencia individualista, que los sume en una actitud egoísta como la que previene el Evangelista Juan en su primera carta el día de hoy, (1 Jn 3,11-21). Lo que le pasó a Caín, en vez de ver en la relación con su hermano Abel lo bueno para compartirlo, le entró el celo, la envidia, y pensó sólo en sí mismo.

Ese principio es la base para el gran rescate de nuestra juventud hoy. Nosotros, –porque veo que aquí la mayoría somos mayores–, nosotros tenemos esta gran responsabilidad: transmitir nuestro testimonio de vida. Ya no es eficaz, simplemente, decir a los jóvenes: “Tienes que ir a Misa el Domingo, te tienes que confesar, comulga, guarda los Viernes de Cuaresma”, eso ya no les dice nada. Pero si transmitimos nuestra experiencia, de cuál ha sido el recorrido de nuestra vida, de cómo me he encontrado con Dios en la persona de Jesús, en la fortaleza del Espíritu, en el reconocimiento del Amor de Dios, mi Padre, entonces van a descubrir algo valioso, van a descubrir que el camino del ser humano, es como dice San Juan: el Amor. (1 Jn 1,14).

El Amor que es entrega generosa, es levantar la vista y ver al otro, el amor es entender al otro, es tener sensibilidad para ver lo que le está pasando, y extender la mano para ayudar o simplemente estar. ¿Qué pasa cuando un ser querido muere? Estamos a un  lado de su cuerpo inerte recibiendo a las personas queridas que nos acompañan. Y esa compañía nos consuela porque nos da fuerza, nos da esa presencia de Dios que hay en el otro.

Con esa confianza he asumido este gran reto de ser el Pastor de la Ciudad de México, como expresó al inicio de la Misa el Padre Manuel Olimón, – él me conoce bien –, sabe que conozco esa ciudad, y sé que es un enorme desafío, así como la describió, así la entiendo, contrastada, fracturada, enormemente creciente en su cultura, pero muy desorientada.

La gran ciudad,– y aprovechen ustedes que viven aquí, en este hermoso rincón de Nayarit, donde la gente todavía se reconoce–, la gran ciudad vive en el anonimato, facilita el individualismo y dificulta el amor, se comercializa todo, y entonces nos hacemos esclavos, seducidos o por el poder, o por el placer, o por el tener. Por eso les pido que oren mucho por mí. Yo sé que hay mucha gente buena en la Ciudad de México y voy a convocarla, voy a pedirles que nos unamos y actuemos en comunión; esa es la única manera de crecer y de cumplir la misión de la Iglesia en los tiempos actuales y de todos los tiempos. La misión de la Iglesia sólo es posible en la comunión, en la sinergia de las fuerzas de los discípulos de Cristo para ser la gran comunidad .

Los invito, pues, a pedir en esta Eucaristía, por este gran reto que tiene uno de ustedes, porque nunca dejo de recordar con tanto cariño y afecto a esta ciudad de Tepic y a mi Estado. Vengo con gran emoción siempre recordando lo que acá aprendí a vivir, y que gracias a eso estoy donde estoy, con la responsabilidad que Dios me ha dado. Pidámosle al Señor Jesús que nos dé esa confianza en él, nunca vamos solos cuando vamos en su nombre. Nunca vamos simplemente con las fuerzas propias, sino con la fortaleza del Espíritu Santo.

Que el Señor Jesús, nos ayude a crecer como Iglesia. Yo lo deseo así para esta Diócesis de Tepic, a este Presbiterio al cual, aunque jurídicamente ya no pertenezco, –ya que el ser Obispo lo hace a uno del Presbiterio donde le encomiendan la Diócesis–, sin embargo, en el corazón sigue siendo mi Presbiterio, el Presbiterio de Tepic, y sigue siendo mi comunidad eclesial de origen la Diócesis de Tepic. Los invito pues a unirnos con estos sentimientos y con estas invocaciones a Dios, nuestro Padre. 

Que así sea.

 

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Electo Arzobispo Primado de México