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Homilías

HOMILÍA EN EL JUEVES SANTO DE LA CENA DEL SEÑOR

abril 09, 2020

«En estos días que estamos más sensibles ante la realidad que estamos pasando, estamos cada uno de nosotros invitados, desde nuestra condición, a dar lo mejor de sí mismos y servir amando y amar sirviendo»

Muy queridos hermanos y hermanas, amigos y amigas, a todos les deseo paz y bien. La Palabra de Dios que acabamos de escuchar ilumina el acontecimiento que estamos celebrando en esta Semana Santa, hoy Jueves Santo, dónde conmemoramos la Institución de la Eucaristía, que hoy la segunda lectura, de San Pablo a los Corintios, nos narró.

Escuchamos cómo Jesús, sabiendo que ya estaba acerca su hora, se reunió con sus amigos, con sus discípulos, a celebrar la Última cena. Ciertamente ellos no entendían lo que estaba sucediendo cuando Él tomó pan en sus manos y dijo: «Este es mi cuerpo, que será entregado por ustedes»; y después tomó vino y dijo: «Esta es mi sangre, que será derramada por todos ustedes». Ellos lo entenderían más adelante, a la luz de la resurrección, pero Jesús quiso quedarse con nosotros dándonos su cuerpo como comida y su sangre como bebida de salvación.

Hoy ustedes han escuchado la Palabra de Dios; no podrán recibir su cuerpo, solamente de una manera espiritual, pero tenemos nosotros ese gran milagro. Cada que se celebra la Eucaristía no es un teatro, es una conmemoración, y por eso hoy hemos recibido también muchas felicitaciones, porque también se celebra el día del sacerdocio y el sacerdocio es un don, es un regalo de Dios, y por eso les dice a sus discípulos: «Hagan esto en memoria mía». Por eso hoy elevemos nuestras oraciones por todos los sacerdotes, para que vaya habiendo aumento de vocaciones, perseverancia, para llevar la Eucaristía a todos los lugares.

Hoy Jesús, al tomar el pan, Él mismo se ofrece por todos nosotros. Vemos en la primera lectura del libro del Éxodo cuando los judíos mataron a un borreguito, hicieron una cena, pusieron la sangre del borrego en los dinteles para que pudieran salir a la tierra prometida. Cada año celebraban la liberación, el paso de la esclavitud a la Libertad; el paso del pecado a la gracia; el paso de el egoísmo al amor. Pero ahora ya no es el cordero, el animalito, que cenaban cada año y conmemoraban su liberación, sino que ahora será el mismo Cristo, el mismo Jesús, el cordero que se ofrece por todos nosotros para nuestra salvación.

En este ambiente de la Última cena, Jesús da ese mandamiento del amor: «Les doy un mandamiento nuevo: que que se amen los unos a los otros como yo los he amado». El Evangelio de Juan hoy nos platica, nos narra, cómo Jesús se levantó de la mesa, se ciñó una toalla y se puso a lavar los pies a sus discípulos. Esto solamente lo hacían los esclavos o los criados, era una de sus tareas, pero el Maestro es el que se levanta. Pedro siempre con ese carácter primario, Simón Pedro, le dice: «A mí no me lavas los pies. ¿Cómo si tú eres el Maestro?», y Jesús le dice: «Si no te lavo los pies no tendrás parte conmigo», entonces le lava los pies a Pedro. Después les da la enseñanza de esta acción: «Lo que yo, que soy el Maestro, acabo de hacer con ustedes háganlo entre ustedes mismos», el servicio. Hoy podemos nosotros pensar cómo los cristianos, la Iglesia, tenemos esa tarea de amar, que es lo característico del discípulo, y este amor traducirlo en el servicio a los demás.

Siempre la Palabra de Dios es actual y tenemos que dejarnos interpelar e iluminar por ella. En estos días que estamos más sensibles ante la realidad que estamos pasando, estamos cada uno de nosotros invitados desde nuestra trinchera, desde nuestra condición, a dar lo mejor de sí mismos y servir amando y amar sirviendo. Es por eso que en nuestra Arquidiócesis de Tlalnepantla estamos utilizando la estructura de nuestras parroquias, de nuestros decanatos y de nuestras zonas con un plan de organizarnos para ayudar a aquellos que más lo necesitan.

Todos podemos poner nuestro granito de arena en esta situación que estamos viviendo. Hoy sintamos que no estamos solos, sintamos la bendición de Dios. Pensemos en nuestra familia, en la gente que queremos, pero de una manera particular pensemos en los más vulnerables, en los más necesitados.

La iglesia desde su nacimiento, hace 21 siglos, nació como una Iglesia ministerial, una Iglesia servidora, y la Iglesia no solamente somos la jerarquía, el Papa, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, sino la Iglesia somos todos los bautizados, y la iglesia, a través de los siglos, ha participado siempre en las tareas sociales, en las tareas de la caridad.

Sintamos la fortaleza de Dios, la bendición de la Virgen María, aquí en nuestra Arquidiócesis la Virgen de Los Remedios; que juntos rememos para llegar a un buen puerto; que vayamos haciendo donde nos encontremos esas células de solidaridad, esas células para servir a los demás. Que el Señor nos llene de su bendición y que el Espíritu Santo nos dé los dones que necesitamos para caminar como el Señor quiere. Así sea.

 

 

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla