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Homilías

HOMILÍA EN EL XVIII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

agosto 02, 2020

"La Eucaristía es un sacrificio, conmemoramos la muerte y resurrección del Señor, pero también es un banquete, y qué hermoso que también en las familias pensemos en ese banquete"

 

Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús, los saludo a todos con mucho cariño, también a las personas que en estos momentos, desde sus hogares, en distintos estados de la República y también de fuera del país, están siguiendo esta celebración eucarística.

Siempre el domingo es el día del Señor y los cristianos estamos invitados de una manera especial a alabarlo y bendecirlo. Al llamarnos cristianos, somos seguidores de Jesús y tenemos que configurarnos, parecernos a Él, por eso tenemos que estar muy atentos a la Palabra, a lo que hemos escuchado.

Hoy el Evangelio nos habla de que Jesús recibió una noticia muy triste: habían decapitado a Juan el Bautista, Herodes lo había matado. Sabemos de la cercanía de Juan Bautista con Jesús, eran primos, pero además fue quien le preparó el camino para su llegada. Y Jesús estaba triste, de tal manera que se subió a una barca y se retiró, seguramente quería estar en silencio, quería estar meditando, tener su duelo, pero no lo dejaron, llegó mucha gente, una muchedumbre que lo buscaba, y Él se compadeció de toda esta gente. Por eso les decía al inicio que nosotros debemos buscar parecernos, como cristianos, a Jesús, configurarnos, y hoy vemos la compasión. A través del Evangelio vamos a encontrar cómo Jesús no es indiferente, siempre se compadece, y, a pesar de su circunstancia personal, Él atiende a la gente, cura muchos enfermos, seguramente le dio palabras de vida. Así estuvo buen rato, de tal manera que el tiempo pasaba, y entonces ellos tenían hambre. Para sus discípulos fue muy fácil decirle a Jesús: «Despídelos, ya que se vayan, que cada quien se las arregle como pueda», pero Jesús no quiso dejarlos ir. Entonces vemos nosotros que se realiza un milagro portentoso, que seguramente se escuchó en toda Galilea: La multiplicación de los panes y de los peces, que nos dice el Evangelio que se alimentó mucha gente, más de 5000 personas, y todavía sobró mucho pan y pescados.

Hay un proverbio oriental que dice que, cuando el profeta señala con el dedo a la luna, el que es tonto se queda viendo el dedo, y muchas veces nosotros nos podemos quedar nada más con el milagro, con lo espectacular que fue el milagro, pero ¿qué hay detrás del milagro? Encontramos hoy, tanto en la primera lectura como en el Evangelio, que hay una clave eucarística: Jesús alimentó a toda esa muchedumbre y la Eucaristía nos alimenta nosotros. Pero volvamos al milagro, la gente estaba muy contenta, realmente había una fraternidad, escucharon la Palabra del Señor, muchos fueron curados, pero además compartieron el pan, compartieron la comida, podemos decir que fue un banquete sencillo, pero lleno de alegría, y la Eucaristía también es un banquete.

Escuchamos la Palabra, el alimento de la Palabra, y también el alimento de la Eucaristía. En este tiempo de pandemia muchos han seguido la celebración de la Eucaristía a través de la televisión, a través de los medios digitales, y no han podido comulgar, recibir el cuerpo del Señor, pero han hecho una comunión espiritual. ¡Qué hermoso es que Jesús se compadezca! y no solamente se queda en compasión, sino en hacer algo. ¿Qué está sucediendo en estos días, en este tiempo, en el mundo? Aparte de la enfermedad, de la salud, también se ha venido a pique la economía. En México, en vez de que vayan habiendo menos pobres, hay 10 millones más de pobres por la situación que estamos viviendo. Esto es una invitación que nos hace Jesús a la compasión, pero también a la solidaridad y a la fraternidad: compartir. Ojalá que sea una realidad que esta situación nos haga más sensibles ayudarnos unos a otros. Dios quiera que pase ya pronto esta situación y que la vida no sea igual, sino que nos capacitó para ser solidarios, para multiplicar el amor, el pan que el Señor nos invita.

La Eucaristía es un sacrificio, conmemoramos la muerte y resurrección del Señor, pero también es un banquete, y qué hermoso que también en las familias pensemos en ese banquete que hubo en la multiplicación de los panes y los peces, pensemos en este banquete de la Eucaristía. Ustedes y nosotros en nuestras casas nos sentamos alrededor de una mesa, para compartir el pan y la sal, como decimos, pero que sean también momentos de darle gracias a Dios, porque a veces se nos olvida orar cuando nos sentamos en la mesa. Fíjense qué hermoso: Jesús dio gracias, partió el pan y se repartió a los demás. Ahora nosotros estamos distraídos, y cuando pensemos en nuestra casa cómo se realiza la comida, aunque sean frijolitos, aunque sea una comida sencilla, a veces está la televisión prendida, a veces estamos con el celular, y lo importante también es el compartir la vida, que sea un momento también de convivencia, de solidaridad. También la vida eterna se nos platica como un banquete, donde nosotros vamos a estar con el Señor, con Dios, cara a cara.

Hoy le damos gracias a Dios porque se queda con nosotros, y le pedimos que nos ayude a ser solidarios, no solamente en tiempos difíciles, sino todos los días. El señor nos bendiga y nos acompañe. Que así sea.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla