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Homilías

HOMILÍA EN LA MISA CRISMAL

abril 16, 2019

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Para un servidor es motivo de mucha alegría presidir con mi presbiterio  por primera vez esta solemne Misa Crismal en nuestra Catedral de Corpus Christi, en donde nos congregamos como Iglesia Particular de esta amada Arquidiócesis de Tlalnepantla; donde formamos ese Reino de sacerdotes para nuestro Dios, junto con el sacerdocio común de los fieles, reunidos en torno a la Mesa del Señor como una expresión de la comunión y unidad de nuestra Iglesia.

Saludo con afecto a mis hermanos Obispos Auxiliares, Mons. Efraín Mendoza Cruz y Mons. Jorge Cuapio Bautista, a los sacerdotes, religiosos, diáconos transitorios y permanentes, a las hermanas religiosas de vida contemplativa y activa, a los seminaristas y a todos ustedes hermanas y hermanos laicos que han venido de los 23 decanatos comprendidos en las VII zonas pastorales; me permito nombrar cada una de ellas, Zona I Corpus Christi, Zona II San Bartolomé Apóstol  Zona III San Felipe de Jesús, Zona IV San Francisco de Asís, Zona V San Andrés Apóstol, Zona VI San Antonio de Padua, Zona VII Nuestra Señora de los Remedios,  hoy estamos reunidos en esta hermosa Catedral para tener la experiencia de una Iglesia que está llamada, todos los días, a ser familia, a vivir en comunión y participación, llamada a ser luz del mundo y sal de la tierra en aras de ir construyendo el Reino de Dios día a día.

En esta Misa Crismal, dentro de la cual se consagra el santo crisma y se bendicen los demás óleos, es una manifestación de la comunión de los presbíteros con el propio obispo, con un servidor (Cf. OGMR, 157).

- Con el Santo Crisma consagrado, se ungen a los recién bautizados, los confirmados son sellados y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y los templos y los altares en su dedicación.

- Con el aceite de los catecúmenos se utilizará para quienes reciban el bautismo;

- Con el aceite de los enfermos, nuestros dolientes son aliviados de sus enfermedades.

Después de la eucaristía, el santo crisma y los óleos serán llevados a cada una de las 204 parroquias de nuestra Arquidiócesis.

Queridos hermanos y hermanas, en la primera lectura, del profeta Isaías, escuchamos las siguientes palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”, estas palabras se refieren ante todo a la misión mesiánica de Jesús, consagrado por virtud del Espíritu Santo y convertido en Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, sellada con su sangre. Todas las prefiguraciones del sacerdocio en el antiguo testamento encuentran su realización en Jesucristo, único y definitivo mediador entre Dios y los hombres.

En el Santo Evangelio resuenan las palabras de Jesucristo: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír” /Lc, 4, 21). Así comenta Jesús en la Sinagoga de Nazaret, ante los ojos atónitos de sus interlocutores, se realiza el anuncio profético de Isaías, afirma que Él es el ungido a quien el Padre ha enviado para traer a los hombres la liberación de sus pecados y anunciar la Buena Nueva a los pobres y afligidos; Él es el que ha venido a revelar el rostro amoroso de su Padre; ha venido a proclamar el tiempo de gracia y de misericordia. 

“Todos los ojos estaban fijos en él” (Lc. 4,20), también nosotros, como las personas presentes aquel día en la Sinagoga de Nazaret, somos invitados a poner nuestra mirada en el Redentor, que “ha hecho de nosotros un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (AP. 16). Cada bautizado participa de su sacerdocio real y profético, “para ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios” (1 Pe 2,5), recordemos que los presbíteros estamos llamados a vivir en el servicio al sacerdocio común de los fieles; así pues, gracias al sacramento del Orden sacerdotal, la misión encomendada por el Maestro a sus Apóstoles sigue ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

Queridos sacerdotes, hoy es un día particularmente especial en el que estamos invitados a valorar el don de nuestra vocación a la que hemos sido llamados y enviados, no por méritos propios sino porque Él quiso. Dios nos ha elegido y nos pide dar mucho fruto en el lugar en donde realizamos nuestro servicio, nuestro apostolado. Dentro de unos minutos renovaremos las promesas sacerdotales, nuestra fidelidad y nuestro amor a Dios nuestro Señor y a nuestro pueblo, hagámoslo de corazón y pidamos la gracia de ser buenos pastores a imagen de Jesucristo, el Buen Pastor.

¡Qué grande es para nosotros este día ¡Día del sacerdocio, de nuestro sacerdocio!, aquel jueves santo, Jesús nos convirtió en ministros de su presencia sacramental entre los hombres, puso en nuestras manos su perdón y misericordia, y nos hizo el regalo de su sacerdocio para siempre.

Además de dar gracias por este don misterioso, no podemos dejar de confesar nuestras infidelidades, todos conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina, estamos llamados a abrazar el “misterio de la cruz” y a comprometernos aún más en la búsqueda de la santidad, de esto, surgirá después el “quehacer”, el impulso apostólico, el impulso misionero.

Queridos hermanos y hermanas, aprovecho la oportunidad en esta magna celebración   eucarística , para agradecer su oración, su disponibilidad y generosidad con  motivo de mi llegada el pasado 18 de marzo a esta querida Arquidiócesis de Tlalnepantla, en donde resultó un acontecimiento, una fiesta eclesial, muchas gracias. Quiero reiterarles lo que les  dije ése día “vengo con alegría y disponibilidad para servir y ser un pastor cercano”.

Quiero terminar esta homilía repitiendo las palabras que el Papa Francisco expresaba en su primera misa crismal, en donde les decía a los fieles lo siguiente: acompañen a sus sacerdotes con afecto y con la oración, para que sean siempre pastores según el corazón de Dios.

Y a los sacerdotes les decía: Que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de santidad con que fuimos ungidos; que lo renueve en nuestro corazón, de tal manera que la unción llegue a todos, incluso a las periferias, donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora; que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor; que sienta que estamos revestidos con sus nombres, que nos busquemos otra identidad y que puedan recibir, a través de nuestras palabras y obras, ese ungüento de alegría que nos vino a traer Jesús el Ungido.

Que nuestra Señora de los Remedios, Patrona de la Arquidiócesis, cuyo Año Jubilar estamos celebrando, nos anime, acompañe y bendiga en nuestro empeño por ir colaborando con alegría en la construcción del Reino de Dios. Amén.

 

+ José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla