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Homilías

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS REMEDIOS

septiembre 01, 2018

HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LOS REMEDIOS

"Para nosotros progresar significa ser cada vez más fieles al Espíritu de Dios".

 

En este día tan especial para nuestra Arquidiócesis, el Señor Cardenal, Don Carlos Aguiar, manda a todos ustedes su saludo y su bendición, espiritualmente está con nosotros acompañando el camino de nuestra Arquidiócesis, según el mandato que ha recibido del Santo Padre, para que continuemos el camino de nuestra fe.

Quisiera proponer tres puntos de reflexión a propósito de la palabra que hemos escuchado. Los dos primeros los presentamos en la oración colecta como una súplica. Queremos especialmente, a partir de este momento, a partir de esta celebración, de la mano de nuestra Santísima Virgen, de Nuestra Señora de los Remedios, profundizar en nuestra fe, así se lo hemos dicho al Señor: concédenos profundizar en nuestra fe. ¿Para qué queremos profundizar en nuestra fe? Para progresar en la fidelidad. ¿Cómo lo vamos a hacer? Ahí tenemos la hermosa palabra que la Santísima Virgen ofrece hoy en el Evangelio de San Juan "Hagan lo que Él les diga", fidelidad en la obediencia. Son tres directrices muy importantes para nuestra Iglesia diocesana, son como tres grandes pistas que orientan este año jubilar que iniciamos con esta celebración para celebrar los 500 años de la llegada de esta bendita imagen de la Santísima Virgen a nuestra tierra. La fe, la fe es el hermoso tesoro que Santa María quiso regalar a nuestra tierra. Esta fe hermosa en Dios, pero no cualquier dios sino en Dios que es Padre, en el Dios que nos ama, en el Dios que camina con nosotros, en el Dios que nos consuela, en el Dios misericordioso que nos levanta.

En un mundo de confusión como este en el que nosotros estamos entrando por las transformaciones culturales que nos toca vivir, qué indispensable es que cada persona, cada familia, cada comunidad se consolide en la gracia de la fe, y solamente podremos prosperar en el camino de la fe, mantener la fidelidad a la fe en el único Dios verdadero que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, de la mano de la Virgen María. Me atrevo a decir: como buena madre, ella sostiene nuestra fe con su intercesión ante el Padre celestial. Fe en la única Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica, especialmente en este tiempo tan probada, tan perseguida, tan exhibida. una Iglesia que corre mucho riesgo en el corazón de sus hijos, pero nosotros, queridos hermanos, porque sabemos que nuestra Iglesia es humana y divina, y que está representada en la pureza, en la hermosura, en la grandeza, en la fidelidad, en la virtud de la Santísima Virgen María, tenemos que conservar nuestra fe íntegra en la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica. Teniendo esta madre, como María es nuestra madre y nosotros caminamos de la mano de nuestra madre al encuentro de Dios, nuestro Padre. Una fe en la misericordia de Dios es una experiencia humana que al paso del tiempo tenemos conciencia no solamente de la bendición de Dios sino también de nuestras propias limitaciones. Si el joven tiene conciencia de sus posibilidades, aunque nos vamos haciendo mayores tenemos conciencia de nuestras flaquezas, y a veces esas flaquezas nos perturban, nos confunden, nos  limitan, nos roban la paz. Cuánto necesitamos tener fe en la misericordia de Dios, que es nuestro Padre, que nos ama, que nos bendice, que nos acompaña, que nos consuela, que nos sostiene, pero sobre todo, que nos revive.

Al iniciar esta celebración jubilar, cuánto necesitamos trabajar juntos para que la fe se fortalezca en nuestra comunidad eclesial, para que la fe brille en el seno de nuestras familias y para que la fe ilumine el camino de nuestra propia vida y de nuestra existencia personal. Progreso es la segunda súplica que le hemos hecho al Señor: concédenos progresar, que nuestra Arquidiócesis progrese. Hoy hablar de progreso es hablar de eficacia, es quizá hablar de éxitos y de riquezas; para nosotros no. Para nosotros progresar significa ser cada vez más fieles al Espíritu de Dios, ese Santo Espíritu que nos vivifica, que nos santifica, que nos impulsa en la hermosa tarea que hemos recibido del Señor "Vayan y anuncien por todo el mundo el Evangelio", vayan y comuniquen la vida nueva, vayan y perdonen los pecados, vayan y bauticen en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Para esto necesitamos progresar en la fidelidad a la misión hermosa que Dios ha puesto en nuestras manos. Cada uno de nosotros hemos recibido una vocación, cada uno de nosotros hemos recibido dones, gracias y bendiciones que como hermanos miembros de una sola Iglesia, inspirados por la Santísima Virgen María debemos compartir para que la misión de Cristo, confiada a esta Iglesia particular de Tlalnepantla, no se desoriente, no se distorsione, sino progrese dignamente para gloria del Señor.

Por eso me alegra mucho que en esta mañana podemos presentar a estos jóvenes que han escuchado la voz de Dios, que han caminado con fidelidad y que se convierten para nosotros en un signo que manifiesta la buena voluntad del hombre de corresponder al llamado del Señor. En ellos nos reconocemos todos nosotros que, como hijos del Señor, decimos "sí, quiero ser fiel, quiero anunciar el Evangelio, quiero compartir mi fe, quiero iluminar este mundo con mi alegría, quiero ayudar con mi oración".

En este año los invito a que supliquemos, pero sobre todo a que renovemos nuestro esfuerzo para que la misión de evangelizarnos y de evangelizar a nuestros hermanos no se detenga, que las circunstancias que nos tocan vivir no nos impidan progresar fielmente en el anuncio del Evangelio del Señor y en la edificación de nuestra amada Iglesia de Tlalnepantla. ¿Cómo lo vamos a hacer? Recordamos hoy como un regalo muy especial esta palabra que brotó de los labios de la Santísima Virgen María en las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”. Nuestra Diócesis, querido hermanos, ha entrado en una etapa muy hermosa de su historia y de su vida. Hoy en muchos lugares, en muchos hogares, en todas nuestras parroquias tenemos pequeñas comunidades que semana a semana se reúnen para escuchar la Palabra de Dios. Dejemos que esa Palabra, que es Palabra de salvación, nos ilumine. Dejemos que esa Palabra que es Cristo mismo nos entusiasme, nos vivifique, nos inspire, nos conmueva y nos promueva muchas hermosas iniciativas para servicio de Dios, para engrandecimiento de la Iglesia y para bien de muchos hermanos. "Hagan lo que Él les diga".

Cuánto necesitamos seguir escuchando el Evangelio del Señor, que es Cristo vivo en medio de su pueblo. Cuánto necesitamos la luz del Espíritu Santo, pero sobre todo, cuánta docilidad y obediencia de nuestro corazón, como obediente y fiel fue la Santísima Virgen María, para que en nosotros, y a través de nosotros, se realice esta transformación que en las bodas de Caná consistió en convertir el agua en vino, pero que para nosotros consiste en convertir el corazón, nuestro propio corazón, según la voluntad de Dios para nuestro bien, nuestra salvación y la gloria de nuestro Padre.

Pongámonos en las manos del Señor, caminemos, como lo hemos hecho al inicio de esta hermosa celebración, guiados por el amor y la presencia materna de Santa María, Nuestra Señora de los Remedios. Supliquemos junto con ella para que el Señor nos regale la alegría de la fe, la fidelidad de la perseverancia en el progreso de su servicio y del anuncio del Evangelio, pero sobre todo, la docilidad a su Palabra.

Que así sea.

 

+Mons. Jorge Cuapio Bautista

Obispo Auxiliar de Tlalnepantla