«Cristo nos abraza y nos anima a colaborar en la construcción de su Reino»
Muy queridos hermanos, hermanas, en Jesucristo Nuestro Señor;
A todos les saludo con afecto de padre y pastor, a ustedes que se encuentran aquí presencialmente en nuestra Catedral de Corpus Christi; también saludo saludo al Pbro. Francisco Maldonado, que está concelebrando con un servidor, y al diácono Edgar; de la misma manera a las personas que están siguiendo esta Eucaristía a través de los medios digitales en alguna de las parroquias de nuestra Arquidiócesis, pero también de algún lugar de la República Mexicana y del extranjero; a todos les deseo que Jesucristo, el Rey del Universo, sea el centro de nuestra vida.
Hoy, queridos hermanos y hermanas, cerramos un año litúrgico, un ciclo, precisamente con esta solemnidad. El próximo domingo iniciaremos el Tiempo de Adviento, esa preparación para la Navidad. Pero qué hermoso que hoy cerremos con esta solemnidad. ¿Qué se nos viene a la mente cuando nosotros decimos Jesucristo, Rey del Universo? Ojalá no se nos venga a la mente una imagen de un rey de la tierra, sino del Hijo de Dios, que fue enviado por el Padre y que vino a salvarnos y a decirnos cómo construir su Reino. Por eso la pasión de Jesús era predicar el Reino de Dios, un reino de verdad y de justicia, un reino de paz y fraternidad, un reino de amor.
Hoy la pregunta que nos podemos hacer cada uno de nosotros es: ¿Qué tanto estamos contribuyendo para crear ese Reino de Dios?, porque también está el reino del diablo, donde el mal impera. Y vemos en nuestra sociedad tantos efectos de este reino del mal, la violencia, las adicciones, se va desdibujando el tejido social, las familias. Precisamente hoy se presenta Cristo, que nos abraza y nos anima a colaborar en la construcción de su Reino.
Si nosotros tenemos un contacto con la Sagrada Escritura, con la Biblia, en especial con los Evangelios, vamos a descubrir ahí a Cristo, ese Cristo que hacía milagros, que predicaba, que se relacionaba con las personas de una manera muy especial, que venía en a mostrar el rostro de su Padre. Por eso yo creo que es importante que nosotros nos hagamos esa pregunta, porque si estamos cerca de Cristo podemos seguir sus huellas.
Hoy precisamente nos dice el camino para construir su Reino, reino de fraternidad, reino donde nos sintamos familia, donde no haya excluidos, sino nos sintamos todos aceptados, porque somos hijos de Dios. Por eso nos dice hoy en esta parábola, en este cuentito, que va a haber un juicio final. Ya desde que alguien muere, ya puede tener la luz de Cristo, por eso pedimos en las misas por los difuntos. Pero, al final será el juicio final y ya sabemos cuál va a ser el examen: el examen será sobre el amor, no se nos va a preguntar a nosotros cuántos rosarios rezamos o cuántos títulos tenemos, sino qué tanto hicimos por los demás, «porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron, encarcelado y me visitaron, enfermo y me consolaron». «Señor, ¿cuando te vimos?». «Lo que hicieron con cualquiera de mis hermanos, con los más insignificantes, lo hicieron conmigo».
En nuestro siglo XXI tenemos también muchos necesitados, los migrantes, los presos, las viudas, los huérfanos, los niños de la calle, tanta gente necesitada y que a veces nos vamos haciendo indiferentes ante lo que sucede a nuestro alrededor.
Ojalá que el ser cristianos, el tener a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestro corazón, de nuestros grupos, nos haga ser mejores personas y pasar haciendo el bien como lo hizo Jesús. Esta fiesta nos debe animar mucho, no nos debe dar miedo, aunque siempre la muerte da miedo de alguna manera, saber que esta vida es de paso y lo importante es construir, colaborar en la construcción del Reino de Dios, –decía San Pablo Vi– construir la civilización del amor.
Así es que todos podemos irla construyendo con acciones muy concretas, discretas, sencillas, pero de todos los días, para tener un mundo de paz, fruto de la justicia y la fraternidad. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla