«Señor, en ti confío», hemos dicho en el salmo responsorial; ojalá que estas palabras las digamos con mucha conciencia, convicción: «Señor, en ti confío».
Quiero saludarlos a todos ustedes este III Domingo de Pascua, a ustedes que están aquí en la Catedral, felicitar también a las y los catequistas que ha terminado su curso de desarrollo humano, a las Catequistas Misioneras de los pobres, y también a las personas que están siguiendo esta transmisión a través de las redes sociales, de estos medios digitales.
Estamos en un tiempo muy hermoso en la Iglesia, en el tiempo de la Pascua. No sé qué tanto nos alegra el corazón este tercer domingo en que Jesús vuelve a darle la paz a sus discípulos, a sus Apóstoles, y a animar para que den testimonio de Él.
Son varias veces las que Jesús se aparece a sus Apóstoles, y siempre les da ese saludo hermoso: «La paz esté con ustedes». En realidad, a pesar de que se les apareció varias veces, ellos todavía estaban aturdidos, estaban confundidos, había sido tan rápido todo, la pasión, la muerte en la cruz, la sepultura, que deveras era complicado; a pesar de que Jesús les decía: «Miren mis manos, mis llagas, mi costado traspasado», ellos seguían con dudas, seguían ellos todavía con los ojos cerrados.
De tal manera que hoy el Evangelio nos platica cómo Jesús, después de decirles: «Vean, soy yo realmente, no soy un fantasma», les empieza a explicar las escrituras como a los discípulos de Emaús, que ya habían ido a ver a los Apóstoles; les explica las Escrituras, desde Moisés, los profetas, los salmos: que eso estaba escrito, que ya estaba escrito que iba a padecer, que iba a morir por todos nosotros en la cruz y también que el Padre lo iba a resucitar.
Jesús tenía mucha paciencia para explicarles, así como lo hizo tres años, donde tuvieron tantas experiencias los Apóstoles al escucharlo, al ver sus milagros, y también en casa les explicaba los secretos del Reino de los Cielos; pues habiendo resucitado lo hizo.
Y para dar un toque muy especial a esta aparición les dijo: «¿Qué tienen de comer?», y le trajeron un pescado.
Qué importante es la comida. Recordemos nosotros cómo antes de su pasión Jesús celebró una cena, una cena de la fraternidad, donde les lavó los pies y les dijo que el servicio era fundamental, el amor, y también dejó su cuerpo y su sangre como comida y bebida de salvación.
Ahora les pide: «¿Qué tienen de comer?», y come con ellos. Lo que para nosotros es imposible, para Dios no lo es; y ese Cristo resucitado comió con ellos.
También, cuando se habla del Reino de los Cielos, se habla de una comida, de un banquete al que estamos invitados. Qué hermoso es también que cuando nosotros nos sentamos a comer, le demos ese sentido, por eso se hace una oración al inicio de la comida en nuestra casa, para invitar a Jesús, para que esa comida sea fraterna, sea una comida sencilla, pero que no falte la amistad y la fraternidad.
Jesús le dio mucha importancia a la comida, al banquete, al saber compartir. Pues que también nosotros abramos los ojos para ver a ese Jesús resucitado, y que también hagamos como los Apóstoles, como escuchamos en la primera lectura, que andaban predicando a un Jesús muerto y resucitado, el kerigma; también nosotros debemos creer en Jesús.
Por eso empezaba yo con la frase: «Confío en ti, Señor». Uno de los valores más importantes en América Latina y en nuestros pueblos es la piedad popular, la religiosidad popular; le damos mucha importancia a las peregrinaciones, a las procesiones, y es un valor muy hermoso, pero tenemos que dar todavía un salto a creer verdaderamente en el Señor; muchas veces se pueden hacer esas peregrinaciones como una religiosidad, pero está el peligro de que no haya compromiso, y cuando nosotros creemos en Cristo resucitado tenemos que irlo a anunciar también a los demás, como hicieron los Apóstoles.
Que la alegría de la Pascua nos invada y que también nosotros confiemos, creamos, en Cristo y lo anunciamos a los demás. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla