DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO
Los mandamientos del Señor, alegran nuestro corazón.
Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
Los saludo a ustedes que están aquí presencialmente en nuestra Eucaristía, de una manera muy especial a las catequistas, los catequistas, a las hermanas religiosas, y también a sus familiares que les acompañan hoy aquí en nuestra catedral, la iglesia madre de nuestra arquidiócesis. Y también quiero saludar a todos los que están siguiendo esta transmisión a través de estos medios digitales.
El pasado domingo escuchamos cómo Jesús iba con sus discípulos y ellos en el camino iban discutiendo quién era el más importante de ellos, y ya cuando llegaron a casa, Jesús se sentó y les dijo —Miren. Ustedes que venían discutiendo quién era el más importante, les quiero decir algo: "El que quiera ser el primero, debe ser el último y el servidor de todos"—. Y una conclusión que sacábamos es que el cristiano debe tener como característica el servicio, y el servicio con amor, no buscando puestos, no estar buscando honores, sino estar buscando el bien del hermano y de la hermana.
Pues este domingo, Jesús sigue enseñando a sus apóstoles, porque es bien interesante ver cuál era la vida de Jesús, cómo tenía también una pastoral intensiva y extensiva. Extensiva porque a veces lo encontramos con multitudes, explicando los secretos del reino de Dios; pero en otras ocasiones es una pastoral intensiva, es decir, una formación a sus discípulos. Los iba formando durante tres años, a solas les iba platicando algunas cosas, y hoy, cuando Juan va y le dice —Fíjate que encontramos que alguien estaba expulsando demonios y se lo prohibimos; y estaba expulsando demonios en tu nombre—. Y Jesús le dice —Mal hecho, no debiste expulsarlo porque él estaba diciendo "en mi nombre" y no puede estar contra mí—. Y la enseñanza de este domingo es la apertura que debemos tener nosotros para los demás.
También en la primera lectura está muy relacionada porque el Espíritu Santo se posó sobre aquellos ancianos, los 70 ancianos, pero estaban nada más 68, y entonces dos no estaban en ese momento, y José fue a decirle a Moisés —Oye, pues ellos no deben profetizar, porque no estaban presentes—. Y también Moisés le dice que no es correcto lo que piensan porque hay que sumar, es decir, la primer lectura de números y el Evangelio, tratan el mismo tema de la apertura; sobre todo cuando queremos nosotros buscar la paz, la justicia, la verdad, pues entre más gente esté hablando de estos temas, en hombre de Jesús, en nombre del Señor, serán bien recibidos. La pregunta es ¿Qué tanta apertura tenemos en nuestro grupo? De catequesis, en nuestro movimiento, ¿Cuál es nuestra actitud para con los demás?. A veces podemos nosotros ser un poco cerrados y no dejar entrar a otras personas, y cómo el Señor siempre tiene esa visión de apertura, de ver que cada vez nosotros tenemos que ir Colaborando para que haya más personas que trabajen en las cosas de su reino.
Ya dentro de la próxima semana empieza en Roma el segundo sínodo de la sinodalidad. Esa palabrita que ya entró en la iglesia, que a veces cuesta trabajo, costaba trabajo hasta pronunciarla: sinodalidad. Es un concepto que significa "caminar juntos"; y este concepto se rescata de el Concilio Vaticano II, que fue aquella reunión de 1962 a 1965, que hubo 4 sesiones, que lo inició el papa bueno San Juan XXIII, y lo terminó el papa Pablo VI; y que el Papa Juan XXIII dijo "hay que abrir las ventanas, a las puertas, para que la iglesia se renueve, se ventile". Y ahí en ese Concilio Vaticano II se vio que la iglesia es el pueblo de Dios. Y precisamente el sínodo es caminar juntos como pueblo de Dios: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos; cada quien con distintas misiones, con distintos ministerios. La misión es la misma, ¿Verdad?. Evangelizar. Construir el reino, pero donde a ninguno se les excluye, sino más bien se le invita.
Y por eso quiero que nos unamos este mes de octubre para que el Espíritu Santo esté presente en este sínodo, y puedan salir conclusiones muy hermosas para nuestra iglesia; sobre todo, que queremos construir en Tlanepantla, en nuestra Arquidiócesis, una Iglesia Sinodal, que camine junto, pero también una iglesia misionera, es decir, que salga para predicar el nombre del Señor. Por eso "los mandamientos del Señor alegran nuestro corazón". Que sigamos caminando juntos sobre todo con ese deseo.
Felicitar, yo, a las catequistas, a los catequistas, por su formación, por su dedicación, también, para dar un mejor servicio e ir formando a las nuevas generaciones, y sobre todo fíjense, que en la catequesis ha ido cambiando la catequesis, de ser una catequesis de conceptos a una catequesis vivencial, de experiencia, que realmente encontremos a Cristo, un Cristo vivo como el centro de nuestra vida.
Que el señor nos siga bendiciendo a todos, y que seamos también abiertos para sumar más fuerzas y construir el reino de Dios.
Así sea.
Mons. José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla