«Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo»
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad.
Sabemos, creemos en un solo Dios verdadero y tres personas distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A todos los saludo con afecto de pastor en este Día del Padre y también a las personas que están siguiendo esta transmisión, que experimenten la paz del Señor.
Si nosotros somos conscientes a través de nuestra celebración o en la celebración misma, iniciamos la misa nombrando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y al final de la misa, la bendición también es del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cuando cantamos el Gloria, mencionamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cuando proclamamos el Credo, también de igual manera en el prefacio, está presente siempre la Trinidad. Y ciertamente la Trinidad, la Santísima Trinidad, es un misterio que no lo entendemos completamente a la luz de la razón, pero sí con el corazón.
Y si nosotros vamos escudriñando, analizando la Sagrada Escritura, la Biblia, pues vamos a encontrar siempre la presencia de la Santísima Trinidad. Primeramente el Padre, que es el creador del universo, el gran arquitecto, el creador del cielo, de la tierra, de las estrellas, del mar, de la naturaleza, de los animales, y en especial del hombre y la mujer. Porque desde el primer libro de la Sagrada Escritura, el libro del Génesis, escuchamos cómo Dios crea al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Tenemos este Padre, este Creador, que después del pecado original, por su misericordia, por su amor, promete que enviará un Salvador.
Y llega la Palabra hecha carne, viene Jesús. No sabían el día ni la hora y por eso todo el Antiguo Testamento es la espera del Mesías. Y llega Jesús, que es el centro de nuestra fe, el Señor de las misericordias. Es el centro de nuestra fe y Él viene precisamente, como aprendimos en el catecismo, a salvarnos, a enseñarnos a vivir, a darnos los caminos para ser felices, pero también viene a enseñarnos, a revelarnos el rostro de su Padre. ¡Qué hermoso, verdad! Porque Jesús dice: «Quien me vea a mí, ve a mi Padre. Mi Padre y yo somos uno.» Cuando está en oración también le pide a su Padre: «Padre, que todos sean uno como tú y yo somos uno.»
Entonces tenemos como cada persona de la Santísima Trinidad tiene una misión: es un solo Dios, pero tres personas distintas. Y vemos después nosotros que cuando Jesús cumple su misión en la tierra, después de su muerte y resurrección, nos dice: «Les voy a enviar mi espíritu.» Y es la fiesta que celebramos el domingo pasado, la fiesta de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo. «No los voy a dejar solos.» Eso sucedió hace veintiún siglos y el Espíritu Santo sigue presente en la historia de la Iglesia. Siempre lo que promete Dios lo cumple y Él promete su Espíritu, y este Espíritu es el que nos da los dones, esos dones para poder anunciarlo: el don de la sabiduría, del entendimiento, de la ciencia, del temor de Dios, de la fortaleza. Son dones del Espíritu Santo.
Y nosotros sabemos que tenemos el Espíritu Santo cuando vivimos en el amor, cuando somos solidarios, cuando somos fraternos, cuando queremos construir una comunidad mejor, cuando somos generosos en nuestra vida. Esos son los efectos o los signos de que tenemos el Espíritu Santo. No tenemos al Espíritu Santo cuando nosotros dividimos, cuando criticamos, cuando somos poco solidarios, cuando ponemos en mal a las personas. Eso no es caminar con el Espíritu Santo. Por eso, hoy que sea una vivencia para nosotros.
Si yo les pregunto: "¿Han sentido ustedes al Espíritu Santo?", pues yo creo la mayoría me va a decir que sí, pero ojalá que seamos conscientes más de la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas. Por eso hoy le decimos: "¡Ven Espíritu Santo, ven a nuestras vidas!" El Espíritu Santo también siembra en nuestro corazón la esperanza, esa esperanza que tanto necesitamos. Vemos tantos problemas a nivel mundial, a nivel familiar, a nivel comunidad. Vemos cómo actualmente está la guerra de Israel e Irak, entre Ucrania y Rusia, el problema de nuestros hermanos migrantes. Es decir, hay mucho, mucha división, mucho encono, y por eso más le tenemos que pedir al Espíritu Santo que nos fortalezca.
Nosotros no podemos cambiar todo el mundo, el entorno completo, pero sí podemos cambiar donde nosotros vivimos, donde nos movemos, donde somos. Por eso el Papa Francisco, de feliz memoria, nos decía que tenemos que ser peregrinos de esperanza y la esperanza la siembra el Espíritu Santo en nuestros corazones. Por eso yo les invito para que todos digamos fuerte:
«Gloria al Padre, gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria al Espíritu Santo, como era en un principio, como era en un principio, ahora y siempre, ahora y siempre, por los siglos de los siglos, por los siglos de los siglos. Amén.»
Amén.
+ José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla