"Encontrarnos con Dios, pero también con nuestros hermanos como hijos de Dios"
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Hoy estamos celebrando la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. En Roma hay cuatro basílicas: la que conocemos, la Basílica de San Pedro; la Basílica de Santa María la Mayor; la Basílica de San Pablo Extramuros, y la Basílica de San Juan de Letrán.
Y la Basílica de San Juan de Letrán es la Catedral del obispo de Roma, que es el Papa León XIV. Y es la primera basílica construida en el año 324, fíjense cuántos siglos han pasado. La dedicó y consagró el Papa Silvestre I, y por eso esta basílica catedral es la madre de todas las iglesias en el mundo entero.
Hace dos años tuve la dicha de presidir una Santa Misa en la Basílica de San Juan de Letrán en la visita que hicimos los obispos a Roma, que se le llama la visita ad limina apostolorum, la visita a la tumba de los apóstoles.
Esta fiesta que estamos celebrando hoy, de la dedicación, de la consagración de esta basílica, nos trae algunas reflexiones: de tipo teológico, de tipo pastoral y también de tipo espiritual. Fíjense cómo, al inicio, cuando Jesús fundó su Iglesia sobre la roca de los apóstoles y se quedó con nosotros en el pan y en el vino, dejándonos su cuerpo y su sangre, nos dejó la Eucaristía.
Las Misas se celebraban en las casas. Incluso, recuerdan ustedes, los tres primeros siglos fueron de una persecución muy fuerte a los cristianos, a los seguidores de Jesús. Pero después, ya que se inició y empezó la religión a extenderse por muchos lugares con el Imperio Romano, se empezaron a construir templos, basílicas y catedrales.
Y precisamente hoy, las lecturas que escuchamos nos ayudan a entender qué es lo más importante en un templo, en una catedral, en una basílica: es, sobre todo, ir para tener un encuentro con Dios, un encuentro con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo.
Cada quien llega aquí, a la casa de Dios, llegamos con preocupaciones, con alguna pena, con alguna situación de la familia, con problemática en la sociedad. Y el encuentro con Dios que tenemos en el templo es lo más importante, que sintamos que Dios está aquí, que Dios nos habla a través de su Palabra, que Dios se queda con nosotros en el altar, en su sacrificio. Por eso siempre yo les digo: La Santa Misa no es un teatro, no es una representación, sino es la actualización del sacrificio del Señor en la cruz, que dio su vida por todos nosotros.
Y por eso hoy en el Evangelio encontramos cómo Jesús llega a ese templo maravilloso en Jerusalén, que duraron 46 años construyéndolo. ¿Y qué se encontró Jesús? Que el templo se había convertido en un mercado, donde había cambios de moneda, donde se vendían animales. Y pocas veces vemos a Jesús enojado, pero ese día se enojó y empezó a derribar las mesas y a decir: «Han convertido mi casa en una cueva de ladrones. Mi casa es casa de oración».
Qué bonito cuando nosotros entendemos esto: que un templo debe ser hermoso. Y el templo lo cuidamos todos. Este templo, construido por los franciscanos en el siglo XVI, con su retablo, es una maravilla. Y vemos la riqueza a nivel mundial de templos maravillosos.
Decía el Papa Benedicto XVI que los templos tienen que estar bonitos, porque nos ayudan a tener el encuentro con Dios. El orden, el coro, los que ayudan, todo contribuye para que en nuestra celebración tengamos esta cercanía y el encuentro con el Señor y también con nuestros hermanos, porque son las dos cosas bien importantes: encontrarnos con Dios, pero también con nuestros hermanos como hijos de Dios.
Por otro lado, también debemos pensar en la reflexión más espiritual, que nos ayuda a entender la segunda lectura, y es que nosotros somos templos. Cristo es el templo, y nosotros somos templos, y en él habita el Espíritu Santo. Si entendiéramos esto, habría mucho respeto por las personas. Vemos violaciones, inseguridad, desaparecidos, tantas cosas que vemos, porque no comprendemos que la persona también es un templo. Así como este es un templo grande, nosotros somos un templo también, y habita el Espíritu Santo en nosotros. Habría, yo creo, respeto por la dignidad humana, y vemos que se va perdiendo en nuestra sociedad tan convulsionada, llena de inseguridad y de violencia, porque no comprendemos que somos templos de Dios, donde habita el Espíritu Santo.
Cuando decimos: ¿Dónde está Dios? Dios está en todas partes, pero Dios, de una manera especial, está en los templos y también en nosotros mismos.
Pues hoy le damos gracias a Dios por esta fiesta que se llama de la Dedicación de la Basílica de San Juan, en honor a San Juan Bautista y a San Juan Evangelista. Esta basílica se llama así en honor de los dos: del cuarto evangelista, San Juan, que escuchamos hoy su Evangelio, y también de San Juan Bautista, el precursor de Jesucristo, que lo anunció: «He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
Pues que hoy el Señor nos ayude a valorar más nuestros templos, nuestras capillas, nuestros oratorios, el Sagrario, que lo valoremos más y que sintamos ese encuentro que nos fortalece. Yo siempre les digo que salgamos de la Santa Misa con más esperanza, con fortaleza. Por eso vale la pena participar en la Eucaristía, porque el Señor nos bendice y nos anima a seguir caminando en nuestra vida. Y que también podamos respetar a las personas como templos del Espíritu Santo.
Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla