"Tener los pies en la tierra, pero la mirada en el Cielo"
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Nuestro Señor:
Quiero saludarlos a todos con afecto, como padre y Pastor, a ustedes que están aquí presencialmente en nuestra Catedral Corpus Christi. Saludo también a los del servicio del altar, a los seminaristas, a los diáconos. Hoy concelebra conmigo un amigo, el padre Francisco Del Campo, de la Arquidiócesis de Durango, donde estuve antes de llegar a esta amada Arquidiócesis de Tlalnepantla. Y también quiero saludar a todos los que están siguiendo esta Eucaristía a través de las redes sociales, de los medios digitales, aquí en la arquidiócesis, también en algunos lugares de la República Mexicana y del extranjero.
Hoy estamos en el Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. Casi estamos terminando lo que se llama el Año Litúrgico. Lo cerraremos el próximo domingo con la fiesta de Cristo Rey, para después, dentro de 15 días, iniciar el Tiempo de Adviento.
Ya este domingo San Lucas utiliza un lenguaje apocalíptico, y la primera lectura, de Malaquías, nos va preparando para encontrarle el sentido a este Evangelio. Esta corriente de lenguaje apocalíptico se dio, sobre todo, en el siglo II. No tiene nada de, como a veces se piensa, para asustarnos o para amedrentarnos, sino sobre todo es para darnos esperanza: la esperanza de que hay una vida eterna, de que el Señor quiere que permanezcamos unidos a Él.
Y ciertamente lo que nos habla este Evangelio es algo que sucede: «Se levantará una nación contra nación. Habrá guerras. Habrá luchas. Habrá terremotos». Es algo que sucede. Y todo partió de una pregunta que le hicieron a Jesús sobre el templo. El templo allá en Jerusalén, en tiempo de Jesús, era ese gran templo que se construyó en 46 años, y del cual estaban orgullosos los judíos. Pero recuerden ustedes que un día llegó Jesús y encontró que había vendedores en el templo, había cambios de moneda, vendían animales. Jesús se enojó y empezó a derribar las mesas, y dijo: «Han convertido la casa de oración, la casa de estar en intimidad con mi Padre, en una cueva de ladrones».
Estaban muy orgullosos de este gran templo, pero Jesús les dice: «Eso no es lo más importante, eso se destruirá. Lo más importante es la vida que ustedes lleven, que se distingan por tener presente a Dios». Por eso termina el Evangelio con eso: «Mi Padre les dará la vida eterna».
Y este lenguaje nos hace pensar en que nuestra vida es caminar. Y, como yo les digo muy seguido, debemos “tener los pies en la tierra, pero la mirada en el Cielo”. A veces se nos olvida eso, y no tenemos que perder de vista el Evangelio, los valores humanos y los valores cristianos que descubrimos en la Biblia, en la Palabra de Dios, de manera especial en los Evangelios.
Así como a través de la historia ha habido tiempos muy difíciles —tiempos de guerra, de violencia— ahora también lo estamos viviendo nosotros en nuestro México, y lo decimos con dolor.
Esta semana, como les pedí oración por la Asamblea de obispos, nos reunimos durante una semana para ver distintos temas, y uno fue analizar la situación de nuestro México. Nos reunimos de las 98 circunscripciones eclesiales —algunas son prelaturas, otras diócesis, y hay 19 arquidiócesis—. Nos reunimos aproximadamente 120 obispos de todo México, del sur, del centro, del norte, y terminamos haciendo un mensaje para el pueblo de Dios, para ustedes, porque creo que la gente espera una palabra de sus pastores, espera una palabra ante la realidad que estamos viviendo.
Poco a poco iremos dando a conocer este mensaje, son nueve hojas las que escribimos, para que llegue a todos los lugares. Pero, de fondo, lo más importante ante la situación, como nos platica el Evangelio, lo que queremos decir nosotros es que los obispos estamos unidos, que hay unidad, y eso es bien importante.
En nuestro México hay mucha polarización, y eso es un problema muy grande, hay mucha división, y siempre hay que pedirle a Dios por la unidad. Pero, por otro lado, es un mensaje donde nosotros vemos la realidad de nuestro México. La Iglesia opta por un partido político, no. Nosotros amamos a México y lo que nos interesa es el bien de nuestra gente, el bien común, y también sufrimos con aquellos que han padecido violencia, extorsión, aquellos que han sufrido en carne propia estas estructuras de injusticia, estas estructuras de violencia.
La Iglesia tiene el Evangelio y lo que queremos es que todos trabajemos por un México mejor, sin violencia, un México que merece la paz, y que las nuevas generaciones vayan creciendo también con esperanza. Pero la paz no se hace de la noche a la mañana, ni cae de arriba a abajo, sino que la construimos todos los días, y tenemos que hacer conciencia de lo que estamos viviendo. Sí necesitamos unirnos para buscar siempre el bien e ir quitando la división, la polarización.
El Señor nos invita a través de su Palabra a que Él esté en el centro de nuestra vida. Como les decía, el Evangelio nos habla hoy de las realidades difíciles en la vida del ser humano, pero hay veces que estamos de esta manera en nuestro México porque hemos hecho a un lado a Dios, lo hemos sacado de las familias, de la sociedad. Si está Dios con nosotros, y también nuestra Madre Santísima, la Virgen de Guadalupe, la Virgen de los Remedios, iremos construyendo un mundo mejor.
Que también sea de mucha esperanza hoy la Palabra de Dios. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla