"Renovemos nuestro Bautismo para ser constructores de paz, de justicia y de amor"
Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Los saludo con afecto como padre y pastor, a quienes han venido aquí a la Iglesia Madre, a nuestra Catedral de Corpus Christi, para celebrar nuestra Eucaristía. De manera especial, saludo a las psicólogas y a los psicólogos que vienen de diferentes lugares y parroquias, y que tanto bien hacen; hay tantas necesidades de escucha y de orientación. También saludo a las personas que están siguiendo esta transmisión dentro del territorio de nuestra Iglesia particular, en otros lugares de la República Mexicana y en el extranjero. A todos les deseo que el Bautismo que recibimos lo vivamos como hijos e hijas de Dios.
Hoy terminan las fiestas de Navidad con esta solemnidad, con esta fiesta del Bautismo del Señor. Las lecturas que escuchamos, tanto del profeta Isaías como del libro de los Hechos de los Apóstoles y el Evangelio de San Mateo, nos hablan de cómo llegó el Salvador. En Isaías se nos dice cómo vendrá alguien que establecerá la justicia y la paz. Por su parte, el libro de los Hechos de los Apóstoles comparte la experiencia de cómo Jesús se bautizó en el río Jordán y pasó haciendo el bien por todas partes, expulsando al demonio y estableciendo el Reino de Dios.
El pasaje de San Mateo hoy es muy hermoso. Recuerden ustedes que, en la Navidad, Jesús nace en Belén y se hace como nosotros en el pueblo de Israel; ahí están María y José. Los primeros que fueron a ver al Niño Dios fueron los pastores, avisados por los ángeles. Y apenas hace ocho días celebramos la Epifanía, la manifestación donde los Reyes Magos siguen una estrella hasta Belén para adorar al Salvador.
Hoy encontramos a Jesús que va al río Jordán y hace fila, como todos los que estaban ahí, para ser bautizado. Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento y quien prepara el camino del Señor, está bautizando; pero es un bautismo de conversión. Jesús quiere ser solidario con el género humano y, cuando llega ante Juan, el Bautista queda impresionado y le dice: "No soy yo el que te tiene que bautizar, sino tú bautízame a mí". Pero Jesús insiste para que se cumplan las Escrituras, y entonces Juan lo bautiza.
Ahí ocurre el prodigio. Si fueron los ángeles en Navidad y la estrella en la Epifanía, hoy es el mismo Dios el que presenta a su Hijo. Cuando es bautizado, se abren —en sentido figurado— los cielos, baja el Espíritu Santo en forma de paloma y se escucha la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias. Es mi Hijo muy amado, escúchenlo». Tenemos ahí a la Trinidad: la voz del Padre que lo presenta, el Hijo que es la Palabra hecha carne y el Espíritu Santo que baja en forma de paloma.
Fíjense que hoy es un día muy propicio y especial para que cada uno de nosotros renovemos el Bautismo. Porque en el Bautismo recibimos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo para dar testimonio de la verdad y de Jesucristo. Iniciemos este 2026 con mucha alegría y esperanza. Es cierto que la realidad a veces nos agobia o nos rebasa, tanto en lo social como en lo político, pero venimos de clausurar el Año Santo donde se nos invitó a ser "Peregrinos de Esperanza". Terminó un año, pero ahora hay que seguir adelante; que eso nos impulse para ser constructores de paz, de justicia y de amor.
Hoy los invito a renovar nuestro Bautismo y a sentir en nuestro corazón algo muy grande: que somos hijos e hijas de Dios, y que somos hermanos, artesanos de paz, de esperanza y de amor. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla