HOMILÍA EN EL I DOMINGO DE CUARESMA

February 22, 2026


HOMILÍA EN EL I DOMINGO DE CUARESMA

 

«Misericordia, Señor, porque hemos pecado»

Hoy, con este salmo, hemos respondido a la Palabra de Dios y ojalá que lo digamos todos con sinceridad: «Misericordia, Señor, porque hemos pecado».

 

Queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:

Les saludo a todos en este I Domingo de Cuaresma, y también a todos los que están siguiendo esta transmisión. Que sea una Cuaresma rica en gracia y en bendiciones para nosotros; que crezcamos como hijos e hijas de Dios, como discípulos misioneros del Señor.

Apenas el miércoles pasado iniciamos un camino; es un camino que se llama Cuaresma. Es un tiempo litúrgico en todo el mundo, en toda la Iglesia universal, y precisamente lo iniciamos con el signo de la ceniza para recordar que somos polvo y que en polvo nos hemos de convertir. De ahí también la frase al imponer la ceniza: «Arrepiéntete y cree en el Evangelio»; arrepiéntete de tus pecados y cree en Jesucristo. Por eso, deseo para todos nosotros que estos cuarenta días —que nos recuerdan los cuarenta años que pasó el pueblo de Israel caminando por el desierto o los cuarenta días que Jesús permaneció en él (que es más bien un número simbólico)— sean un tiempo en el que el Señor nos dé la oportunidad de volver a Él por la conversión.

La ceniza no tiene nada de mágico; es un signo para volver nuestro rostro a Dios y para reconocernos como peregrinos de esperanza. Sabemos que la vida es un caminar, pero el destino es la vida eterna. Vemos cómo se nos adelantan en el camino amigos, familiares y personas conocidas; ese es el destino de todos nosotros, pero confiemos en que nuestra meta final es la casa del Padre.

Precisamente en este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio nos habla de las tentaciones de Jesús. Después de su bautismo en el río Jordán, el Espíritu lo llevó al desierto y allí fue tentado. Debemos considerar que Jesús, siendo verdadero hombre y verdadero Dios, también tuvo tentaciones en su humanidad. Fueron tentaciones muy sutiles que el diablo le presentó: la del pan, la del pináculo del templo y la del monte alto para ver todos los reinos.

Estas tres tentaciones son las que mueven al mundo. La primera es la tentación del placer, la segunda es la del poder y la tercera es la de tener.

Jesús tenía hambre tras muchos días en el desierto y el diablo, que sabe por dónde acechar, le dijo: «Si tú eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Le sugiere que, si puede hacer milagros para la multitud, por qué no hacer uno para sí mismo. Pero Jesús le contesta: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». El comer es un placer, y hay muchos placeres, y Satanás sabía por dónde llegarle.

En la segunda, lo lleva al templo. El diablo también conocía la Sagrada Escritura y por eso le dice: «Si te lanzas de aquí, los ángeles te sostendrán». Jesús lo rehúsa porque la fe no es un espectáculo. Aquí aparece la tentación del poder. A veces es una tentación que muchos podemos tener, pero el poder siempre debe ser para servir a los demás y estar cerca de ellos.

La tercera tentación es la del «tener». Al mostrarle los reinos del mundo, el diablo llega al colmo de decirle: «Si te arrodillas y me adoras, te daré todo esto». Jesús le replica: «Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás». Esto es lo que creemos: nosotros adoramos únicamente a Dios. A la Virgen María la veneramos, pero la adoración es exclusiva de Dios. Así, el diablo se marchó; Jesús lo había vencido.

Nosotros caemos frecuentemente en la tentación y, por ello, en esta Cuaresma se nos ofrecen medios para vencerla. Uno fundamental es la oración. ¿Por qué Jesús venció al maligno? Porque estaba en intimidad con el Padre; estaba fuerte espiritualmente a pesar del hambre. No sucedió así con Adán y Eva, según escuchamos en el libro del Génesis. Dios los creó libres, con voluntad propia, y solo les dio una prohibición. Sin embargo, la serpiente los indujo al pecado diciéndoles que, si comían del fruto, serían como dioses. Ahí entró la soberbia.

Nosotros tenemos como remedios la oración, la Eucaristía y la confesión o reconciliación, que es el encuentro con un Dios misericordioso y bondadoso que nos perdona. Y tenemos el mejor medio de todos: el Padre Nuestro. Si lo rezamos pausadamente, cada palabra cobra un sentido hondo al pedir el pan de cada día, la llegada de su Reino, que no nos deje caer en la tentación y nos libre del mal.

No veamos la Cuaresma como algo triste, sino como un camino que nos conduce a la Semana Santa y a la Pascua. ¿Y qué significa la Pascua? El paso de la muerte a la vida, de la esclavitud a la libertad y del pecado a la gracia. Vivamos, pues, estos cuarenta días con mucha convicción, teniendo siempre presente a Dios. Sin duda, la Virgen María nos anima y acompaña; la Virgen de los Remedios y la Virgen de Guadalupe están con nosotros en los esfuerzos que realicemos, esfuerzos que valen la pena para estar unidos a Dios. Que así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla