«El reto es llegar a la Pascua: morir al pecado para vivir a la gracia»
Muy queridos hermanos, hermanas en Cristo Jesús:
A todos los saludo en este tiempo de gracia y también de conversión, en este tiempo de Cuaresma. Saludo a todas las personas que están hoy aquí en nuestra Catedral y con quienes iniciamos también la apertura del Mes de la Familia. Sabemos que la familia es la célula de la sociedad; hablamos mucho de que se ha roto el tejido social, precisamente por la ruptura de muchas familias, y por eso estamos invitados todos a trabajar para fortalecer a la familia que es el futuro de nuestra sociedad, de la humanidad. Quiero saludar también a todas las personas que están siguiendo esta Eucaristía en distintos lugares de nuestra Arquidiócesis, en algún lugar de nuestro México y también en el extranjero.
Estamos invitados a caminar en esta Cuaresma. Como hemos platicado, sabemos que es un camino, pero que la meta viene siendo la muerte y resurrección del Señor; lo que conocemos nosotros como el reto de llegar a la Pascua: morir al pecado para vivir a la gracia; morir a la esclavitud para vivir con libertad; morir al egoísmo para vivir en el amor.
En este segundo domingo de Cuaresma, ya nos habla el primer libro de la Sagrada Escritura, que es el Génesis, donde tenemos un ejemplo muy hermoso en la actitud de Abraham, el padre de la fe. Ahí se nos narra —fue muy breve la narración— cómo Dios le dice a Abraham: «Deja tu tierra, deja tu patria y ven al lugar que te mostraré». Y Abraham obedeció: dejó su estabilidad, el lugar donde residía, para caminar a donde Dios le señalaba. Y Dios le dijo también cómo de él nacería un pueblo más grande que las estrellas del cielo; sabemos que lo que Dios promete, siempre lo cumple. Él obedeció y el Señor cumplió su promesa.
Pues también nosotros hoy, en el Evangelio, tenemos ese conocido pasaje de la Transfiguración del Señor en el monte Tabor, y vemos cómo también Jesús es alguien que obedece, que es fiel a Dios Padre hasta las últimas consecuencias, hasta dar su vida en la cruz por todos nosotros.
Precisamente hoy, el pasaje que escuchamos es cuando Jesús invita a tres de sus colaboradores, de sus apóstoles más cercanos —a Pedro, a Santiago y a Juan— y los invita para que vayan a este monte. Pero fíjense cómo primero les platica que Él tiene que padecer —van camino a Jerusalén—, que tiene que padecer y morir en la cruz, pero que también resucitará. Fue un choque muy fuerte porque la mentalidad de los apóstoles era muy diferente; ellos esperaban, como lo hemos comentado en varias ocasiones, un Mesías político, un Mesías que se iba a imponer, que iba a quitar el yugo de la esclavitud al pueblo de Israel. En ese tiempo, recordarán ustedes que Palestina era una colonia de Roma y los romanos eran los que dominaban; entonces pensaban que el Mesías iba a quitar esas cadenas, pero Jesús les dice: «No, mi camino es la pasión, el servicio a los demás».
¿Y qué sucedió en ese monte Tabor? Primeramente, que Jesús estaba platicando con dos personas: uno era Moisés y otro Elías. El primero representaba la Ley —recuerden cómo Moisés recibió los diez mandamientos en el monte Sinaí— y Elías representaba a los profetas. Y estaban platicando, pero ¿qué fue lo que sucedió? Se transfiguró el rostro de Jesús, se puso resplandeciente y sus vestiduras se pusieron más blancas que la nieve.
Ahí estaban observando Santiago, Pedro y Juan. Pedro, por eso, le dice al Señor: «Oye Jesús, sería bueno que hiciéramos tres chozas: una para ti, otra para Elías y otra para Moisés». Realmente tuvieron ellos una experiencia de lo que es la vida futura, lo que es el cielo, y por eso se sentían tan contentos de presenciar eso. Pero después viene el momento culminante del pasaje que escuchamos: la voz que se escuchó de Dios y que dijo: «Este es mi Hijo muy amado, escúchenlo». Y después Jesús les dice a sus apóstoles que no se pueden quedar ahí, sino que hay que continuar, porque su camino es la pasión, la cruz.
También a nosotros hoy el mensaje de la Palabra de Dios debe resonar en nuestra mente y en nuestro corazón, y saber que nosotros estamos llamados también a obedecer a Dios, a hacer su voluntad y a saber cuál es el camino del discípulo de Jesús: tomar la cruz y seguir al Señor. Pero sabemos que esta cruz —que la vamos a tener dentro de unas semanas presente en el recuerdo del Viacrucis el Viernes Santo— nos llevará también después a la gloria, a la resurrección.
Como cristianos, como seguidores de Jesús, sigamos intensificando estos días la oración, el ayuno y también las obras de caridad. Que así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla