HOMILÍA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

July 05, 2026


HOMILÍA EN EL XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

«Muéstranos, Señor, tu misericordia»
Lo hemos dicho en el salmo responsorial, y nosotros constatamos día a día que el Señor nos muestra su amor y su misericordia [00:14].

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Los saludo a todos aquí presentes en nuestra Catedral Corpus Christi para celebrar el sacrificio del Señor [00:26], y también saludo a los que siguen esta Eucaristía a través de las redes sociales en distintos lugares. Que el Señor nos bendiga a todos y nos llene de su amor [00:40].

Hoy el Evangelio trata un tema, pues, muy importante —como todos los temas del Evangelio—, pero hoy se nos habla de tener un corazón sencillo, abierto, para que la palabra del Señor llegue a nosotros [01:08].

Fue muy breve el Evangelio de hoy, donde nos habla... hay tres temitas [01:23]. El primero es que Jesús platica, como lo hace con mucha familiaridad, con su Padre y le da las gracias porque le dice: «Padre, te doy las gracias porque has revelado los secretos del reino de los cielos a la gente sencilla y se los has ocultado a los poderosos» [01:40]. Y siempre la palabra de Dios se cumple. Realmente, también en las bienaventuranzas hay una muy hermosa que dice: «Bienaventurados los pobres de espíritu» [02:06]. Y sí, nos invita a ser sencillos de corazón, sencillos como nos dice también la Sagrada Escritura: «Sencillos como palomas y astutos como serpientes» [02:32]. Y esto nos habla de cómo no tiene que ver nada aquí la cuestión de la sabiduría. Hay gente que no tiene, que es pobre, hay gente que tiene, pero lo importante es el sentido, ¿verdad? Porque la sencillez... hay gente muy sabia pero que es sencilla, y eso es lo que nos pide el Señor [02:44].

Un servidor, como sacerdote y también como obispo, en mi recorrido pues lo he constatado. Cuando he ido a lugares... como cuando fui a lugares como sacerdote, a lugares alejados donde me encontraba con la gente sencilla [03:06], o también como obispo ya, cuando subía a las montañas para encontrarme con una comunidad [03:31] y encontraba a esa gente que tenía mucha fe, gente que tenía hambre de Dios, gente que tenía pocos bienes materiales o casi sin nada, pero que tenía el corazón abierto a la palabra de Dios [03:44]. Es muy distinto los lugares donde el Señor me ha permitido ejercer mi ministerio episcopal, pero también aquí en zonas muy pobladas, también donde la gente se acerca, se acerca para tener ese encuentro con el Señor [04:05]. Y la pregunta es si nosotros... ¿cómo tenemos nuestro corazón? ¿Ponemos nuestra confianza en el Señor? «Te doy gracias, Padre, porque has revelado el Evangelio a la gente sencilla» [04:31]. Y fíjense cómo es importante, porque Jesús se encontraba también en algún contexto, en un contexto concreto, y chocaba mucho él con los sacerdotes, con los doctores de la ley, con los fariseos, porque no abrían su corazón, no eran sencillos [04:45].

Y después Jesús, en el mismo Evangelio, nos dice cómo platicando con... platicándonos, dice con sus discípulos y dice: «Nadie ha visto al Padre sino el Hijo, nadie ha visto, nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar» [05:11]. Es decir, lo más importante de Jesús es que viene a revelarnos el rostro de su Padre. Desde niños aprendimos nosotros en el catecismo que vino Jesús a salvarnos y vino a enseñarnos los caminos para ser felices [05:46]. Y la felicidad está en dar, la felicidad está en amar, la felicidad está en compartir, en ser generosos; y la palabra de Dios siempre se cumple [05:57].

Y la última parte del Evangelio también nos dice: «Vengan a mí todos los que están cansados y fatigados» [06:09]. A veces estamos cansados, fatigados por los problemas personales, por los problemas familiares, por los problemas sociales en los que vivimos, y el Señor nos está diciendo: «Vengan a mí los que están cansados y fatigados porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» [06:21]. Hagámosle caso al Señor [06:45]. Acerquémonos... acerquémonos a Él porque sabemos que Él nos reconforta y nos anima para seguir adelante en el camino de la vida, para ir construyendo su reino [06:56]. Su carga es suave, su yugo es suave y su carga es ligera.

A veces el yugo es pesado, y Jesús también decía esto porque los fariseos ponían muchas cargas sobre la gente: muchos preceptos, muchas cuestiones exteriores, pero no el corazón [07:15]. Y por eso Jesús dice: «Mi carga es ligera porque nosotros estamos hechos para amar» [07:40]. Y ese es el secreto, ¿verdad? El que ama es feliz. El ser feliz no significa no tener ningún problema —todos tenemos—, pero ser felices lo encontramos en acogernos y tener toda nuestra confianza en Dios [07:52].

Por eso hoy, vayámonos de esta Eucaristía pidiéndole al Señor que nos haga sencillos, sencillos de corazón, humildes, para poder entender, comprender su palabra y llevarla a la práctica, y también para ser felices a los que están con nosotros y con los que convivimos [08:05].

Así sea [08:29].

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla