Homilías
HOMILÍA EN EL XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«Dios siempre espera nuestra conversión y nuestro cambio»
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús, les saludo con afecto de padre y pastor en este domingo. Saludo también a todas las personas que siguen esta transmisión a través de las redes sociales y los medios digitales. Que la Palabra del Señor llegue a nuestro corazón para que dé fruto, y fruto en abundancia.
Ya desde el domingo pasado, Jesús empezó a hablar a sus discípulos en parábolas. Platicábamos que una parábola es un género literario que utiliza ejemplos sencillos, pero con un profundo contenido y una enseñanza destinada a enseñarnos a vivir como hijos e hijas de Dios. De tal manera que el domingo pasado se meditó la parábola del sembrador, en la cual concluíamos que debemos estar dispuestos a ser tierra buena y fértil donde caiga la semilla para acogerla. La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Jesús, el Señor, quien quiere que nosotros demos fruto bueno.
Hoy la parábola se llama la parábola de la cizaña. De tal manera que la enseñanza fundamental de este domingo es cómo Dios tiene mucha paciencia con nosotros. El sembrador salió a sembrar buena semilla en el campo, pero alguien sembró cizaña, que es una hierba mala; entonces, la buena semilla y la cizaña van creciendo juntas.
A veces nuestra manera de pensar nos lleva a querer quitar la cizaña inmediatamente, pero los pensamientos de Dios son distintos a los nuestros. A esta parábola también se le llama una parábola escatológica, lo cual quiere decir que nos habla del fin de los tiempos, donde Dios nos enseña que debe dejarse crecer la cosecha y, al final, Él separará la cizaña de la buena cosecha obtenida.
Fíjense que es una parábola para mostrarnos cómo Dios espera siempre nuestra conversión y nuestro cambio. Dios es paciente. A veces nosotros nos desesperamos con las personas, las juzgamos y queremos que se tomen decisiones rápidas, sin dar oportunidad a que la persona cambie su vida a través de nuestra palabra y nuestro buen consejo.
Incluso en la persona de cada uno de nosotros coexiste el bien y el mal, así como la buena semilla y la cizaña. En nosotros mismos vemos que a veces podemos ser buenas personas y tener actitudes positivas, evangélicas, de servicio, fraternidad, solidaridad, apoyo, perdón y confianza. Sin embargo, en nosotros mismos también se da la cizaña: la división, el hablar mal de las personas (incluso de las que están cerca de nosotros), el ser jueces y el ser muy exigentes con los demás.
Como decía Jesús cuando estaba con los fariseos: «Ustedes ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga que traen ustedes. Primero quiten la viga y después corrijan a la del hermano». Por eso, fíjense cómo los proyectos y pensamientos de Dios son diferentes a los proyectos humanos. Él es paciente y no debemos abusar de esa paciencia, porque el Señor nos da oportunidades para mejorar en nuestra familia a través del diálogo entre los esposos, al escuchar una plática o al acercarnos a un retiro para escuchar la voz del Señor y cambiar.
¿Quién es el que siembra la cizaña? El diablo. Él es quien siembra la cizaña y mete lo negativo. Nosotros podemos tener cosas muy positivas y debemos fijarnos más en lo positivo que en lo negativo. Sin embargo, a veces también metemos cizaña cuando le platicamos a alguien algo que no es conveniente contar, cuando se habla mal de una persona o cuando no se habla bien de alguien.
Debemos parecernos, queridos hermanos y hermanas, a Dios, que es misericordioso y paciente como hemos escuchado en la Eucaristía, pero que siempre quiere nuestra conversión, nuestro cambio y nuestra vida. Debemos ser pacientes con los demás. Claro que también es muy importante la corrección fraterna: cuando un papá o una mamá corrigen a su hijo, a su nieto o a su nieta con amor y con paciencia, eso va a tener buenos resultados.
Nosotros sabemos que la palabra sana o la palabra hiere. Que nosotros tengamos palabras para animar a los demás a seguir los caminos del Señor y que no seamos cizaña para los demás. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla