HOMILÍA EN EL XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Imagen de la homilía

«Jesús se compadeció, y también nosotros estamos invitados a compadecernos y actuar»

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús: en este domingo decimoctavo del tiempo ordinario les saludo a todos con gusto, con alegría de padre y pastor [00:00]. Saludo también a los que están siguiendo esta transmisión en diferentes lugares [00:12].

Saludo a los seminaristas, a los lectores y acólitos que recibirán el diaconado pasado mañana, día de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars [00:26]. Y también saludo a los padres formadores: al padre Juan Manuel y al padre Fabián [00:43].

Sin duda que la palabra de Dios siempre nos ilumina y también nos llama a la reflexión y, sobre todo, a la acción, que es muy importante [00:57]. Hoy encontramos este milagro en el evangelio que fue muy connotado, fue muy sonado en la región y que los cuatro evangelistas lo comentan, que es la multiplicación de los panes y de los peces [01:10].

Al inicio del evangelio que escuchamos, Jesús estaba seguramente triste porque le comunicaron que habían matado a Juan el Bautista, lo habían sacrificado [01:40]. Y lo que pidió Jesús fue irse a un lugar apartado, a un lugar solo, seguramente pensando en el acontecimiento [02:04]. Pero lo andaba buscando mucha gente, tal vez algunos por curiosidad —porque habían escuchado que había sanado a algún enfermo— o por algún interés en especial [02:17]. Y Jesús no se rehúsa ante toda esa gente, que en ese caso era una muchedumbre, una multitud de gente [02:30]. Nos dice el evangelio que curaba enfermos —curó a muchos enfermos—, pero también dio su palabra, esa palabra que también llegaba al corazón y sanaba a muchos [02:42]. Y pasó muchas horas así, de esa manera, hasta que llegó el atardecer, y los discípulos le sugirieron al Señor pues que ya los mandara a su casa [03:15].

Pero aquí está una palabrita muy importante de Jesús: se compadeció [03:26]. También para nosotros es importante compadecernos: se compadeció porque tenían hambre [03:37]. Claro que tenían deseos de alimentarse con su palabra, pero también tenían hambre [03:54]. Y sabemos el milagro que realizó: con algunos panecillos y algunos peces hizo la multiplicación [04:08]. Y nos da el dato ahí aproximado de que eran como cinco mil hombres, sin contar a los niños y a las mujeres, y les dio este pan [04:19].

Y ese milagro seguramente nos indica —y los estudiosos nos hablan de que también es un preludio— de lo que después Jesús, él mismo, se hace alimento para nosotros; y se habla de la Eucaristía, cómo en la Eucaristía el mismo Jesús se hace alimento para nosotros y nos quiere fortalecer en el mundo [04:25]. ¡Cuántas personas comulgamos en un domingo en todo el mundo! Ya no somos cinco mil, sino que es una multitud [05:04]. Jesús se queda con nosotros, se compadece, alimenta a su pueblo y nos alimenta a nosotros [05:17].

Esto también nos lleva a conclusiones concretas de cómo también nosotros estamos invitados a compartir, a ayudar, a ser solidarios con los que menos tienen [05:29]. Se escucha mucho —y es cierto— que el pueblo mexicano es muy solidario. Ahorita lo he visto yo con el pueblo de Venezuela: ha habido apoyos a través de Cáritas —una organización de la Iglesia— y a través de otros organismos también se ha ayudado a Venezuela [05:44]; o cuando hay inundaciones, cuando hay terremotos o temblores, nuestra gente siempre es solidaria [06:05]. Pero siempre el cuestionamiento es que debemos ser así todos los días: compartir con aquellos que menos tienen, con los migrantes, con los presos, con la ancianita que vive ahí cerca de la casa que no tiene quien la atienda o no tiene qué comer, con aquel que sufre [06:21]. Jesús se compadeció y también nosotros estamos invitados a compadecernos, pero no quedarnos ahí, sino también a buscar hacer algo por los demás [06:44].

Por otro lado, hoy quisiera también decir una palabra: el día de ayer se cumplieron cien años de la resistencia cristera, donde más de doscientas mil personas murieron hace cien años por proclamar su fe [06:59]. Inició una ley que muchos conocen, que se llamaba la «Ley Calles» —que era el presidente hace cien años—, y durante tres años se cerraron los templos; él quería acabar con la fe, pero no se pudo [07:21]. Siempre la fe mueve montañas, y cómo muchas personas se defendieron, defendieron la fe [07:43]. Tenemos a un santo muy jovencito de catorce años que murió: José Sánchez del Río, a quien trataban de convencer para que negara a Dios, pero él nunca lo hizo, y él gritaba: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!» [07:58]. Y así murió, de catorce años, por defender su fe; ahora es patrono de los adolescentes y de los jóvenes [08:22].

¿Y cuál es esta memoria?, ¿para qué la realizamos? Para también nosotros saber defender nuestra fe [08:32]. Uno de los valores más importantes en la vida del ser humano es la libertad de religión: no nos pueden quitar nuestra fe, nuestra religión, y también nosotros tenemos que saber siempre defenderla [08:42]. En este tiempo me toca mucho salir a las parroquias a hacer confirmaciones, y siempre les digo a los adolescentes y a los jóvenes que reciben al Espíritu Santo que reciben sus dones para proclamar el evangelio, para proclamar a Jesucristo, para ser testigos del amor de Dios, para ser valientes y nunca negar su fe [09:02].

Qué bonito es que nosotros también en nuestro trabajo, en nuestra casa, en donde nos encontremos, sintamos un orgullo sano de profesar nuestra fe y decir también: ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! [09:27].

Que el Señor nos ayude a todos para ser compasivos, para buscar el bien de los demás, para saber compartir y también para defender nuestra fe [09:51].

Así sea [10:00].

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla