Homilías
HOMILÍA EN EL XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«Mi alma tiene sed de ti»
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Les saludo como padre y pastor en este vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario [00:00]. Saludo a ustedes que están presencialmente en esta Catedral de Corpus Christi y también a las personas que, a través de las redes sociales y de los medios digitales, siguen esta celebración en el territorio de nuestra Arquidiócesis, en México y también en algunos otros países [00:14].
Hace ocho días el evangelio nos comentaba cómo Jesús les pregunta directamente a sus discípulos: «¿Quién soy yo para ustedes?» [00:49]. Y sabemos que Simón, después llamado Pedro, le dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios» [01:08]. Y Jesús alabó su respuesta: «Dichoso tú, Pedro» [01:22]. Le había inspirado Dios a Pedro, a Simón, esta respuesta [01:34].
Pero hoy vemos en el Evangelio de San Mateo pues otra situación, porque el mismo Pedro trata de disuadir a Jesús de lo que les comenta [01:42]. Con mucha confianza les dice que tiene que subir a Jerusalén y que va a padecer, que va a sufrir mucho, que va a ser crucificado y que resucitará al tercer día [01:56]. Y Pedro trataba de decirle: «Señor, ¿no te puede pasar a ti eso?» [02:23]. Y Jesús le dice: «Retírate, Satanás» [02:35].
Sabemos nosotros que los proyectos, muchas veces de nosotros, de los humanos, son distintos a los de Dios; la manera de pensar es diferente [02:35]. Y hoy quiero invitarlos para que también nosotros pensemos en la cruz, porque Pedro, y seguramente también sus amigos, sus discípulos, pues no querían que Jesús sufriera; pero son los caminos del Señor [03:01].
Alguna persona algún día me decía si los cristianos, los católicos, éramos masoquistas —el masoquista es al que le gusta sufrir por sufrir—, que si nos gustaba sufrir porque teníamos a un Cristo crucificado, como lo tenemos aquí [03:11]. Y yo le explicaba a esa persona que la cruz es el signo máximo del amor, de la entrega, y es el camino que nos invita a nosotros: «El que quiera ser mi discípulo, que tome su cruz y me siga» [03:45]. Y la cruz es entrega: Jesús da su vida por todos nosotros para abrirnos las puertas del cielo [04:08]. Y muchos tal vez no acepten esto, el sufrimiento; pero lo más importante es gastar la vida por los demás [04:24].
Es fácil decir «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios», pero ya seguir el programa de Jesús... ya le empezamos a poner peros porque podemos decir que es difícil [04:38]. Pero siempre la cruz, queridos hermanos y hermanas, nos lleva a la resurrección, nos lleva a la vida: morir para vivir [04:58]. ¡Qué bonito es cuando una persona es generosa, sirve, vive con amor! [05:06]. Y por eso les decía: los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos [05:16]. A veces nosotros queremos los bienes de la tierra, el poder, el placer, y nos olvidamos de servir [05:28]. «Yo no he venido a ser servido, sino a servir», nos dice Jesús [05:43].
Por eso hoy nos preguntamos si realmente somos discípulos de Jesús, si estamos haciendo el intento [05:43]. La conversión es de todos los días: el discípulo es el que quiere seguir a su maestro, pero también se convierte en un misionero, en una misionera, porque narra la historia de Jesús que da la vida por los demás [05:55].
Pues hoy le pedimos al Señor que nos bendiga; que nosotros sí digamos que Jesús es nuestro amigo, es el Hijo de Dios, es el Mesías, es el camino, la verdad y la vida, pero que también, además de decirlo, nos esforcemos por el compromiso; y el compromiso está todos los días, empezando en nuestra propia familia [06:21].
Que el Espíritu Santo nos anime a seguir la cruz en la entrega y la vida nueva [06:58].
Así sea [07:12].
+José Antonio Fernandez Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla