HOMILÍA EN EL XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Imagen de la homilía

«El Señor es compasivo y misericordioso».
Hoy respondimos a la palabra de Dios con este salmo tomado de la Escritura, el Salmo 102. Y estas palabras quieren llegar hoy a nuestro corazón: estar convencidos de que el Señor es misericordioso, clemente y misericordioso.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Nos reunimos hoy para escuchar la palabra de Dios, para participar en la Eucaristía y también para llenarnos del Señor para caminar con alegría y esperanza en nuestra vida. Siempre la palabra de Dios nos confronta y es dirigida a cada uno de nosotros, de tal manera que tenemos que retratarnos. A veces podemos pensar que la palabra de Dios va dirigida a otras personas y a mí no; especialmente va dirigida a cada uno de nosotros.

Y hoy precisamente necesitamos la palabra de Dios. Tanto en el libro del Eclesiástico como en el Evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar, nos habla sobre el perdón. ¿Cómo va el perdón en nuestra vida? Cada que rezamos nosotros el Padre Nuestro decimos: «Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». A lo mejor es un deseo, pero estamos invitados a que sea una realidad: que nosotros sepamos perdonar a los que nos ofenden.

¡Qué difícil es! A veces podemos estar todavía en lo que se llama la «ley del talión»: ojo por ojo y diente por diente. A veces actuamos todavía como en el Antiguo Testamento —allá se nos habla en los primeros libros de la Biblia, en el Pentateuco, en el Deuteronomio— cómo era la práctica: «si tú me la haces, me la pagas». Y eso a veces lo vemos a nivel personal, pero también a nivel internacional: cuántos problemas de guerras hay en el mundo por no perdonar y cuántos muertos hay injustamente porque no hubo el perdón. La guerra siempre es una derrota del diálogo, porque no se supo dialogar para llegar a acuerdos y que los pueblos puedan vivir en paz.

Y concretamente en el evangelio le preguntan a Jesús: «Oye, ¿hasta cuántas veces tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». El que le hizo la pregunta quiso quedar muy bien, porque le dijo: «¿hasta siete veces?». Sabemos que el siete es el número de la plenitud. Pero Jesús le respondió: «No siete veces, sino hasta setenta veces siete», que significa siempre. ¿Cuántas veces tenemos que perdonar?: siempre.

Y puso un ejemplo muy concretito, una parábola: había un rey que quiso llamar a sus trabajadores para que le dieran cuentas, y había uno que pues le debía mucho dinero, le debía como cien millones. Y entonces él le suplicaba que lo perdonara, y Dios, que es clemente y compasivo, lo perdonó. Pero ¿cuál va siendo la sorpresa? Nos platica la parábola que esta persona salió y se encontró a alguien que le debía un millón y casi lo estrangulaba y le decía: «Págame lo que me debes». Él había sido perdonado grandemente, inmensamente, y él no pudo perdonar a alguien que le debía poco. Se dio cuenta el dueño y lo llamó para decirle que su actuación no había sido correcta.

Dios nos perdona a nosotros siempre. Los católicos tenemos también este sacramento hermosísimo: el sacramento de la reconciliación, donde el Señor nos perdona cuando tenemos la actitud de cambiar, de mejorar nuestra vida. Ciertamente, perdonar al que nos hace mal no es fácil, es todo un reto. Siempre que hay este pasaje, yo me acuerdo de San Juan Pablo II. Ustedes recordarán, o lo saben, que un 13 de mayo de 1981 lo balearon en la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Y estuvo muy grave; precisamente fue en la fiesta de la Virgen de Fátima, y él siempre decía que la Virgen lo había salvado. Estuvo entre la vida y la muerte, y salió adelante; y lo primero que hizo fue ir a la cárcel para platicar con el que le había disparado, y lo perdonó de corazón.

El ejemplo más grande de todos pues es Jesucristo. Nosotros somos sus discípulos y queremos seguir sus huellas: es el ejemplo más grande porque podemos pensar en el viacrucis, en el juicio que se le hizo, y después se le condenó a muerte y lo llevaron camino a la cruz, lo flagelaron, lo insultaron, le pusieron una corona de espinas... Como nosotros vemos a Jesús en la cruz —aquí tenemos al Señor de las Misericordias—, y Jesús en la cruz, dirigiéndose a su Padre, le dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen»; siempre perdonando.

Este año estamos conmemorando también un siglo de la resistencia cristera: hace cien años empezó esa resistencia donde murieron muchas personas —niños, adolescentes, jóvenes, padres de familia, sacerdotes, religiosas—; murieron defendiendo su fe. Uno fue un santo joven, Joselito, José Sánchez del Río, que morían gritando: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». Pero todos estos mártires perdonaron a los que los apresaron y los mataron: no había rencor en su corazón.

Es difícil, pero es posible perdonar. Tal vez ustedes también hayan experimentado cuando hayan perdonado a alguien que los ofendió: da trabajo perdonar, pero cuando uno lo hace experimenta una paz y una alegría. Por eso hoy el mensaje fundamental del evangelio, de la palabra de Dios, es que nosotros sepamos perdonar, que no guardemos rencor en nuestro corazón. Hace daño, hace daño: tal vez le tengamos rencor a una persona y a esa persona ni le afecta, pero a uno sí le afecta. En cambio, cuando uno perdona, experimenta paz y alegría en el Señor.

Pues que el Señor nos conceda avanzar en este tema del perdón y que realmente hagamos vida las palabras del Padre Nuestro: «Perdónanos como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla