Homilías
HOMILÍA EN EL XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«Los pensamientos de Dios no son los pensamientos de nosotros» [00:00].
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:
Me da alegría encontrarnos aquí en nuestra catedral para celebrar nuestra Eucaristía, y a todos les saludo con mucho gusto [00:09]. De la misma manera, también a las personas que están siguiendo esta transmisión con mucha devoción en distintos lugares de México y también en el extranjero [00:22].
Hoy encontramos una parábola que nos dice el Señor fue dirigida a sus discípulos [00:43]. Pero siempre la palabra de Dios es para cada uno de nosotros: quiere iluminar nuestra vida, quiere que salgamos nosotros con desafíos, con retos, con tareas para ser mejores cristianos, para ser esos discípulos misioneros del Señor [00:56]. Y sabemos que una parábola es como un cuentito, es una historia, pero que tiene una enseñanza o varias enseñanzas, de tal manera que hay que entender todos los detalles de la parábola [01:26].
Primeramente, Jesús dice a sus discípulos: «¿A qué puedo comparar yo el reino de los cielos, el reino de Dios?» [01:39]. Y entonces nos dice: había un propietario que llamó para trabajar en su viñedo [01:54]. En Israel hay muchos viñedos; es una tierra propicia para sembrar las uvas [02:09]. Y entonces vemos que Jesús llama a distintas horas, y eso también es muy significativo: llama a los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, otros a las doce, otros a las tres de la tarde y a los últimos a las seis [02:22]; y los invita a trabajar en su viñedo, claro, con una paga [02:52]. Y vemos cómo con los primeros se comprometió él a pagarles un denario al final de la jornada [02:52]. El denario es la moneda en los tiempos de Jesús, la moneda que se utilizaba [03:05].
Y entonces lo interesante es que después, ya terminando el día, pues se los va llamando, y los va llamando desde los últimos que contrató o que los invitó a trabajar en su viña [03:18]. Y entonces, ¿cuál va siendo la sorpresa?: que les paga lo mismo, les da un denario a los que habían trabajado ya al final de la jornada, y así sucesivamente hasta que llegan los primeros [03:44]. Y los primeros se enojaron, se molestaron [04:00]. Y entonces el dueño, que representa a Dios, les dice: «Bueno, pues quedamos en eso, ¿por qué se enojan si les doy lo mismo a los últimos?, ¿se enojan porque soy bueno?» [04:00].
Y fíjense que es muy interesante porque el Señor va llamando a cada quien a distintas horas: a los primeros que llamó fue a los fariseos, a los judíos, a los maestros de la ley, los fue llamando [04:28]. Y también nosotros podemos pensar que el Señor nos llama a nosotros a trabajar en su reino, a construir su proyecto [04:52]. Y tal vez algunos desde niños conocimos a Dios y hemos estado colaborando; pero tal vez otros en otra etapa de su vida —ya algunos podemos decir en la primavera de su vida, otros en el verano, otros en el otoño o en el invierno— [05:06]; y hay gente que a través de un retiro encuentra al Señor ya cuando es maduro [05:33].
Pero aquí, ¿qué es lo importante ver? [05:43]:
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Primeramente, ver que Dios es bueno, que Dios nos invita a todos porque quiere la salvación de todos [05:43]. Esa es la primera enseñanza y la más importante de este domingo: el Señor es bondadoso y misericordioso [06:02]. Y por eso yo empecé diciendo lo que decía la primera lectura del profeta Isaías: los pensamientos de nosotros son distintos a los pensamientos de Dios [06:11]. Nosotros diríamos: «¡Ay!, fue injusto el Señor porque les hubiera pagado más a los primeros y les pagó igual»... Los pensamientos son distintos [06:24].
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Fíjense qué bonito es que nosotros, cuando somos invitados a participar en la Iglesia en la construcción del reino, no nos quedemos sentados, sino que vayamos a trabajar en la viña del Señor [06:48]. Y eso le pasó a San Pablo, que lo escuchamos en la segunda lectura, que dice: «¡Ay!, yo ya quisiera... no sé qué escoger: morirme para estar ya con el Señor o seguir trabajando en el campo de la evangelización, haciendo el bien a los demás» [07:01].
Preguntémonos nosotros: ¿cómo estamos trabajando en la viña del Señor?, ¿o estamos muy alejados de Dios?, ¿o lo estamos poniendo en práctica en nuestra familia, en nuestro trabajo, en nuestro barrio, en nuestra colonia, en nuestra comunidad? [07:22].
¿Qué es lo que quiere Dios?: que nos salvemos todos; pero la salvación también es libre: a veces podemos decirle «no queremos» y no vamos a la viña del Señor [07:51]. Pero la paga es la misma, porque es la vida eterna: la salvación es lo que les pagó el Señor [08:01]. No importa si fue en una etapa de la vida o después [08:09].
Pero tampoco debemos pensar nosotros y decir: «Bueno, pues ya hasta el final nosotros vamos a trabajar en la viña del Señor» [08:20]. No, necesitamos trabajar cuando el Señor nos llegue al corazón, nos invite; y él nos invita de una manera o de otra manera nos está invitando a participar construyendo un mundo mejor, no construyendo el mundo con el diablo o con el mal, sino al contrario: haciendo el bien a los demás [08:29].
Que el Señor, que nos invita a su viña, nos dé mucha alegría de trabajar en la construcción de su reino [08:55].
Así sea [09:05].
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla