HOMILÍA EN EL XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Imagen de la homilía

​«Descúbrenos, Señor, tus caminos».

 

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:

Les saludo a todos como padre y pastor en esta misa dominical. A ustedes que están presentes aquí en nuestra catedral, de manera especial a las catequistas, a las hermanas religiosas Catequistas de los Pobres y a ustedes que hoy recibirán su diploma por haber terminado los años de preparación. También saludo a través de las redes sociales a quienes siguen esta transmisión: que la palabra del Señor llegue a nuestro corazón y, lo más importante, es que se traduzca en obras, en compromiso, en acciones concretas.

​Recordarán que el domingo pasado Jesús invita a trabajar en su viña: invita a todos y a todas. A algunos los invitó en la primavera de su vida, a otros en el verano, otros en el otoño, en el invierno; es decir, a unos desde muy pequeños, a otros jóvenes, a otra gente madura y a otros ya en la última etapa de su vida. Pero siempre la invitación del Señor es a trabajar en su viña. ¿Y qué significa su viña?: trabajar en su reino, en construir su reino.

​Y hoy, continuando, pone otra parábola. Resulta que se dirige —y es un dato muy importante— a los ancianos, a los doctores de la ley; es decir, a la gente pues más letrada, la gente que conocía más la Escritura. Y entonces les dice: «Miren, les voy a hacer una pregunta. Resulta que un padre tiene dos hijos y a uno lo invita a trabajar primero para que vaya a su viña, y le dice que no quiere ir, pero después se arrepiente y va a trabajar. Y al otro hijo también lo invita para que vaya a su viña, y le dice que sí, pero no va. ¿Cuál de los dos actuó mejor?». Y ellos respondieron: «Pues el que dijo que no y fue», porque lo importante era trabajar en la viña del Señor.

​Pues esto es muy importante, queridos hermanos y hermanas, porque nosotros sabemos que Dios es misericordioso infinitamente y que a todos nos invita a trabajar en la viña. ¿Y qué le decimos nosotros? Cada quien responda.

​Pero lo bonito es que aquellos que dijeron que no, se convirtieron; y ese es ahí el punto clave: la conversión. Y fueron. Y aquellos que se creían —que reflejaban de alguna manera a los escribas, a los fariseos, a los doctores de la ley— que dijeron que sí, pues no fueron; es decir, en teoría sí, pero en la práctica no.

​Pues hoy es la invitación para que nosotros pensemos que estamos invitados y que a nadie se le excluye: todos somos invitados. Pensaba yo en las catequistas que hoy vienen a nuestra celebración eucarística: cómo en el contacto con los niños, las niñas, con todas esas personas que el Señor ha puesto en su camino, pues ustedes lo más importante es que tengan un encuentro con Cristo, que sea una experiencia de un amigo que los va a invitar a trabajar en su viña, que los ama.

​Y yo creo que es de las iglesias particulares... en muchas en México no hay tantos años de preparación; aquí que son seis años, seis años de preparación para recibir la Primera Comunión y la Confirmación —tres y tres—, y muchos se admiran y dicen: «¿Tanto tiempo?». Alguien que me dice eso le digo: «Oiga, y me va a decir usted una cosa: ¿cuántos años son de primaria?: seis. ¿Se le hace mucho? Ah, no, pero a veces en la Iglesia se les hace...» [06:06]. Pero ustedes, que se han preparado también en pedagogía, en didáctica, en tener la experiencia de Jesús, saben que vale la pena porque son educadoras en la fe, y se educa para el compromiso: para que vayan creciendo en el compromiso, para que trabajen en la viña del Señor.

​¡Qué bonito! El que actúa es el Espíritu Santo, pero ustedes son instrumento; y le pedimos al Señor que sigan siendo buenos instrumentos, porque el que hace las maravillas es el Señor a través de nosotros para trabajar en su viña.

​El ejemplo más contundente y más hermoso de todos es el del mismo Cristo nuestro Señor, porque le dijo «sí» al Padre y él lo cumplió hasta dar su vida en la cruz. Hubo momentos en que los discípulos querían desviarlo, que no tomara la cruz, que Satanás también lo quería desviar; pero él fue fiel hasta dar la vida por nosotros, y ahora nos invita a trabajar en su viña.

​Vayamos contentos. ¿Qué significa trabajar en la viña?: optar por el bien, por la solidaridad, por el compromiso con los más necesitados, por el respeto, por la tolerancia, por la fraternidad... Eso es trabajar en la viña del Señor, y lo podemos hacer todos los días.

​Así es que hoy el Señor nos llene de su bendición y que todos le digamos: «Sí, Señor, sí quiero trabajar en tu viña, en tu reino, y vayamos a trabajar».

​Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado

Arzobispo de Tlalnepantla