«Ámense los unos a los otros como yo los he amado»
Muy queridos hermanos, hermanas, en Cristo Jesús:
A todos los saludo con la alegría pascual en este V Domingo de Pascua; saludo a ustedes que están aquí presencialmente en nuestra Catedral de Corpus Christi, a las catequistas que vienen de la Zona IV para recibir su diploma, que sea un estímulo para seguir sirviendo con alegría en el ministerio de la catequesis; y también saludo a todas las personas que están siguiendo esta transmisión, tanto en nuestra Arquidiócesis, como en algún lugar de la República Mexicana y también en otros países; a todos les deseo la paz del Señor en su corazón.
El Evangelio hoy ha sido muy cortito, escuchamos solo algunos versículos, y quiero invitarlos para que entendamos el contexto, cuál era la las situación en esos momentos. Precisamente ya estaba muy cercana la hora de Jesús, estaban en la Última Cena, y cuántas cosas no quiso decir Jesús a sus discípulos, pero les dice lo más importante. Podemos decir que deja un testamento, no para dejar bienes materiales, sino deja ese testamento: «Les doy un mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado». «En esto reconocerán que son mis discípulos, en que se amen los unos a los otros».
Es cierto que ya había entrado el demonio en el corazón de Judas y él salió de la cena, fue para el sanedrín a ponerse de acuerdo para entregar a Jesus. Pero fíjense qué interesante es este Evangelio tan pequeño, pero tan importante. Hoy Jesús nos dice que todo lo que Él ha hecho, lo que hizo, fue para dar gloria a su Padre, y también Él recibe la gloria; utiliza varias veces la palabra glorificar. La intención de Jesús fue ser fiel hasta las últimas consecuencias, para dar gloria a su Padre.
Yo tuve la fortuna de estudiar la filosofía y teología con los jesuitas y en ese tiempo aprendí que al final de sus escritos muchos de ellos ponen las iniciales de la frase en latín “Ad maiorem Dei gloriam”, que significa “para mayor gloria de Dios”, es decir, lo que hacemos debe ser para gloria de Dios. Lo que hizo Jesus fue para gloria de Dios, lo glorificó, pero también Él se glorificó siendo Dios.
Hoy nosotros debemos ver el meollo de de nuestra fe, que es el amor. Escuchamos cómo Pablo y Bernabé van de un pueblo a otro pueblo, de una comunidad a otra comunidad, anunciando el Evangelio, el kerigma; anunciando a Jesucristo, su muerte y resurrección; y tenían al Espíritu Santo, pero su pasión era dar gloria a Dios.
Jesús no nos pide a nosotros hacer lo que Él no hizo, Jesus practicó realmente el amor, hasta sus últimas consecuencias. Si vemos los cuatro Evangelios encontramos a un Jesús que siempre actúa con amor, con la pecadora, con el pobre, con el enfermo, con todos los que se encuentra, con los niños, con los jóvenes, con los adultos, incluso con aquellos que le hacían mal a Él, con los escribas, los fariseos, Jesús era duro con ellos pero los amaba y quería que cambiaran su corazón, que se convirtieran. Así es que si Jesús nos pide a nosotros que amemos a los demás es porque Él nos amó primero.
En el Deuteronomio se dice que el primer mandamiento es: Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo, y hoy Jesús añade: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado».
Queridos hermanos y hermanas, sabemos que vivimos tiempos difíciles, quizá en la toda la historia encontramos tiempos difíciles de una u otra manera, pero ahora nos encontramos con mucha violencia, hablamos de mucha polarización, de enojo, de enconos, de feminicidios, de problemas por la migración, y hay veces que nos sentimos agobiados, tristes. Pero esta mañana, ante estas dificultades, yo quiero hacer la pregunta: ¿Nosotros qué estamos haciendo? Podemos solamente quejarnos, pero hoy Jesús nos da la clave, la clave es el amor, y el amor rompe las barreras. Nosotros no podemos cambiar toda la complejidad de nuestra sociedad, pero sí podemos cambiar donde vivimos, donde nos movemos, con nuestras actitudes, en la línea de la fraternidad, en la línea de la comunión, en la línea de la solidaridad y de la sinodalidad, de caminar juntos.
Qué bonito es cuando en una comunidad, en un grupo de catequistas, en una familia, cada quien pone lo que está de su parte, pero con amor. «Les doy un mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros como yo los he amado». Si alguien pregunta la síntesis del catolicismo, del cristianismo, en dónde está el núcleo, el núcleo está en la palabra amor, pero ese amor de entrega, porque «Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo», y su Hijo nos amó tanto que dio la vida por nosotros.
Hoy celebramos el día del maestro, de la maestra, y vemos que es una vocación muy hermosa, también es dar la vida, no solamente son conocimientos, sino sobre todo son actitudes, son motivaciones para darle sentido a la vida.
Así es que hoy el Evangelio breve nos ayuda pensar cómo estamos viviendo nosotros, si vamos en esa línea del amor al prójimo, si estamos transformando el lugar donde estamos con nuestras actitudes, con las actitudes del Evangelio; ¿por qué hacemos las cosas? ¿para que nos reconozcan los demás? ¿para recibir un pauso? ¿para tener más fama? ¿para tener más poder? ¿o lo hacemos para mayor gloria de Dios?
Que hoy nosotros salgamos contentos desde Eucaristía, porque sabemos que Dios nos ama, y esa noticia debe llenar de alegría nuestro corazón, saber que Dios nos ama. ¿A quién no le gusta que lo quieran? Nos gusta que nos quieran en nuestra familia, que nos quieran nuestros amigos, nuestras amigas, y ahora sabemos que Dios nos ama. Él sembró en nuestro corazón el amor, no el odio, no la venganza, no lo resentimientos, sembró el amor en nuestro corazón para poder amar a nuestro prójimo como Él nos amó. Que el Espíritu Santo nos dé los dones que necesitamos para ser esos misioneros y misioneras que han tenido esa experiencia de Cristo, pero que buscan transformar el mundo con la fuerza del Evangelio. Así sea.
+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla