HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

June 16, 2022


HOMILÍA EN LA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

 

«Quienes celebramos y creemos en la Eucaristía tenemos este gran compromiso de servir»

 

Saludo con mucho cariño a mis hermanos sacerdotes que nos acompañan en esta hermosa solemnidad de Corpus Christi y por quienes hemos estado orando intensamente en esta semana, porque estamos en la Jornada de Oración por los Sacerdotes, y qué mejor oración para nuestros sacerdotes que ofrecer por ellos esta Eucaristía en esta solemnidad. De tal manera que los saludo con mucho cariño a todos y cada uno de ustedes, hermanos, que forman este presbiterio de Tlalnepantla. También saludo con mucho cariño a las religiosas, a los seminaristas y todo el pueblo santo de Dios que de manera presencial y también de manera virtual están participando de esta celebración eucarística.

Hoy celebramos esta solemnidad del Corpus y también nos alegramos porque es fiesta titular de nuestra Santa Iglesia Catedral, porque tiene este título: Santa Iglesia Catedral Corpus Christi. De tal manera que para nosotros es doble la alegría y la acción de gracias a Dios nuestro Señor por esta solemnidad.

Quiero compartir con ustedes la homilía tomando como marco el Evangelio de San Lucas que hemos escuchado y quiero resaltar algunos gestos y algunas palabras de Jesús que nos pueden ayudar muy bien para profundizar en este día esta hermosa solemnidad y también para descubrir el compromiso que tenemos quienes celebramos esta solemnidad.

En primer lugar quiero resaltar esta actitud de Jesús antes de bendecir, antes del partir del pan, antes de partirlo y compartirlo: Eleva los ojos al Cielo y pronuncia una bendición, una acción de gracias sobre estos cinco panes y dos pescados que se le presentaron para darle de comer a más de 5000 personas que estaban. La acción de gracias, la oración, la alabanza, tiene su fuente y su culmen en la Eucaristía. Toda alabanza, toda acción de gracias debe de brotar de la Eucaristía, de esta presencia sacramental de Jesús, de este Sacramento Pascual en donde Él quiso quedarse para hacerse nuestro alimento. De tal manera que cualquier actitud orante, cualquier palabra, cualquier gesto para alabar a Dios, para agradecerle a Dios, para pedirle a Dios, debe de brotar de la Eucaristía, de esa fuente y de ese manantial que es la Eucaristía. Por eso esta actitud de Jesús de elevar los ojos al Cielo, de pronunciar esta acción de gracias, nos lleva a descubrir que toda la vida espiritual, toda la vida orante de la Iglesia brotan necesariamente de la Eucaristía.

Otro gesto que me parece también muy importante resaltar es el gesto de Jesús de partir y compartir el pan. El partir no hace solamente referencia al gesto de partirlo, sino este gesto nos está ya ayudando a profundizar y a comprender todo el misterio pascual de Jesús, su pasión, su muerte y su Resurrección, la entrega total de Jesús por nosotros. Jesús se parte, es decir, se entrega, se dona, se da a sí mismo. De tal forma que la Eucaristía es ese gesto, ese Sacramento en donde Jesús nuevamente se nos ofrece con toda la riqueza y con todo el poder de su misterio pascual.

La vida cristiana, la vida de la Iglesia, tiene su fuente y su culmen en la Eucaristía cuando se vive esta actitud sacrificial, cuando descubrimos que Jesús quiso constituir la Iglesia para que fuera ese Sacramento de servicio, ese Sacramento de entrega. La Eucaristía nos lleva a ese compromiso de partirnos, de sacrificarnos, de entregarnos para la salvación de los demás, y no un sacrificio, una actitud simplemente masoquista que en un tiempo se practicó en la Iglesia, el sufrimiento por el sufrimiento, el dolor por el dolor, sino que el sacrificio debe ir acompañado fundamentalmente de este profundo sentido de partirse, de entregarse, de ofrecerse a Dios y a cada unos de los otros desde nuestra condición de bautizados, desde nuestra propia vocación, de consagrados, de laicos, de casados, desde cada una de nuestras condiciones personales, desde cada uno de nuestros estados de vida, tenemos que prolongar la Eucaristía con esta actitud sacrificial, con esta actitud de partirnos, de entregarnos como lo hizo Jesus.

Después de que Jesús parte el pan, lo comparte. No tiene ningún sentido celebrar la Eucaristía si no tiene este sentido de servicio y de compromiso para transformar nuestras realidades temporales. Jesús no solamente se quedó mirando al Cielo, no solamente se quedó con la la acción de gracias, no solamente parte el pan, sino lo comparte, es decir, toma esa actitud de servir. Lo dice en otros pasajes del Evangelio: «Yo no he venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida por los demás».

Quienes celebramos la Eucaristía tenemos este gran compromiso de servir, de servir al otro, de servir al necesitado, de servir al que ha sido devaluado en su dignidad, de servir y de valorar a quienes han sido objeto de ultraje, a quienes han sido desconocidos en una sociedad consumista, en una sociedad en donde el que tiene es el que vale, el que sabe es el que vale y progresa, una sociedad que se rige con criterios muy mundanos, muy egoístas. La Eucaristía nos lleva precisamente a este sentido comunitario, a este sentido eclesial, por eso la insistencia del Papa de caminar como una Iglesia sinodal, es decir, una Iglesia que camina con la sociedad, una Iglesia que camina con el pobre, una Iglesia que camina con el indigente, una Iglesia que camina con el migrante, una Iglesia que camina en medio de las realidades de este mundo, pero para transformarlas, para darles un sentido pascual.

Finalmente, mis amados hermanos, me impresiona mucho cuando Jesús dice a sus discípulos: «Denles ustedes de comer». Es decir que quien celebra la Eucaristía, quien cree en la Eucaristía, debe de sentirse interpelado por Jesús, debe de sentirse no solamente invitado, sino hasta cierto punto comprometido con Jesús para que colabore en la construcción de su Reino. Los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, todos los laicos comprometidos, todos los hombres y mujeres de buena voluntad, si celebramos y si creemos en la Eucaristía entonces debemos de asumir este gran reto y este mandato de Jesús: «Denles de comer». Tenemos que darles de comer a nuestros hermanos el pan de la alegría, el pan de la esperanza, el pan de la confianza en Dios, el pan del perdón y de la misericordia. Creo yo que es fundamental que nosotros los sacerdotes asimilemos este mandato, que lo meditemos, para que lo podamos vivir. El Señor nos pide darle de comer a su pueblo y no nos lo está sugiriendo, no nos lo está proponiendo, nos lo está ordenando, nos lo está mandando.

Que al celebrar hoy esta hermosa solemnidad, queridos hermanos sacerdotes, escuchemos este mandato de Jesús y que nos comprometamos a darle de comer a nuestro pueblo el pan, no solamente celebrando la Eucaristía, no solamente dándoles el pan de la Palabra, la evangelización, las comunidades, sino también ayudándoles a descubrir que son fermento, que son germen de renovación, de transformación, en este mundo, en esta sociedad.

Pues que el Señor Jesús, el Pan vivo que ha bajado del Cielo, nos alimente y que cada vez que comulguemos, cada vez que recibamos el Cuerpo y cada vez que bebamos la Sangre de Jesús recordemos que estamos alimentándonos del Pan vivo que ha bajado del Cielo, y que este Pan fortalece nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad para que realicemos nuestra misión aquí en la Tierra y también para ir alimentando nuestra esperanza en la Vida Eterna. Que Jesucristo, el Pan vivo bajado del Cielo, así nos alimente constantemente. Que así sea.


+ Efraín Mendoza Cruz
Obispo Auxiliar de Tlalnepantla