HOMILÍA EN EL XXXII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

November 06, 2022


HOMILÍA EN EL XXXII DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

 

«La verdad más importante de nuestra fe es la Resurrección»

 

Muy queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús:



Los saludo con mucha alegría a todos ustedes que se encuentran aquí presencialmente en nuestra Catedral Corpus Christi y también a las personas que siguen a través de las plataformas digitales nuestra celebración dominical; también para mí es alegría que hoy con concelebre conmigo esta Eucaristía mi Obispo Auxiliar, don Efraín Mendoza Cruz, junto con el padre Rector de la Catedral, el padre Óscar Camacho; a todos les deseo que crezca nuestra esperanza en la vida eterna.



Acabamos de vivir, de tener la experiencia en toda la Iglesia universal, la fiesta de los fieles difuntos, la fiesta de todos los muertos, el 2 de noviembre y es una fiesta que va muy conectada con el 1 de noviembre, la fiesta de todos los santos. Sabemos que estas festividades no pasan desapercibidas, especialmente en nuestro México y de una manera todavía más intensas en las zonas indígenas, donde se tiene toda esa tradición de adornar, de hacer los altares de muertos, las flores, los adornos, las comidas y también ir a los panteones o a los cementerios para recordar a nuestros seres queridos que nos han precedido en el camino a la casa del Padre.

Pero también fíjense que hay algunas encuestas que se han realizado donde hay católicos practicantes que no creen en la otra vida. Es curioso. Yo al leer estas notas, encuestas serias, y ver que hay católicos que piensan que termina esta vida y todo se termina, pues yo creo que este domingo las lecturas, la Palabra de Dios, nos iluminan para pedirle a Dios que nosotros creamos firmemente en que la verdad más importante de nuestra fe es la Resurrección, porque Cristo resucitó y nos abrió las puertas del Reino de Dios.
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Cada quien conteste la pregunta internamente: ¿Ustedes creen en la vida eterna? Levanten la mano los que creen en la vida eterna. Todos creemos, y tenemos que ayudar también a otras personas, católicos, para que también crean en esta verdad fundamental.

A mí me gusta decir con frecuencia que nosotros los católicos, los cristianos, debemos tener los pies en la Tierra y la mirada en el Cielo. ¿Qué significa esto? Que nuestra vida es corta, es fugaz, «no sabemos el día ni la hora», pero vamos caminando y debemos tener tener la seguridad, la confianza en la vida eterna, en que vamos a estar con Dios en el Cielo.

Por eso el día de difuntos, las oraciones, la celebraciones, es para pedir por los difuntos, para que si hay manchas se purifiquen y puedan ya estar gozando de la visión de la presencia de Dios, de la Luz.

Al principio, cuando se eligió el pueblo judío que atravesó caminando del desierto hacia la tierra prometida, realmente no había conciencia de la vida eterna, fue poco a poco tomándose esta conciencia. Hoy vemos en la primera lectura, del libro de los macabeos, que en el siglo II antes de Cristo ya hay esa conciencia. Y esta familia, que quería seguir los preceptos del Señor, no obedece al Rey, sino a su Dios, y prefiere la muerte, porque confían en que hay una vida eterna. Vemos cómo mueren los siete hermanos y la mamá, que les había inculcado la fe en un solo Dios.

Y encontramos también en el Evangelio hoy cómo los saduceos, un grupo religioso como los escribas, negaban la resurrección y le preguntan directamente a Jesús, le ponen un caso inverosímil, un caso muy raro. Le dicen que había siete hermanos, el primero se casó y no tuvo descendencia y se casaron los siete hermanos con la misma mujer y fueron muriendo sin dejar descendencia, porque «Moisés dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano.» Y la pregunta era: «¿En la vida eterna quién va a ser el esposo?», una pregunta muy capciosa. Y Jesús les dice: «Miren, en la vida eterna es distinto, es diferente; quien resucite será como los ángeles». No podemos describir de una manera muy concreta cómo son los ángeles, no hay esa experiencia, pero Jesús nos dice: «Serán como los ángeles» y los ángeles siempre están alabando a Dios y lo están sirviendo y son felices. Pero también al final del Evangelio dice: «Dios no es un Dios de muertos, sino un Dios de vivos», es decir, el que muere vive; se cierra una puerta, pero se abre otra hacia la eternidad.

Así es que hoy la Palabra de Dios nos anima a fortalecer nuestra fe, a tener la esperanza en la vida eterna y a buscar vivir con caridad, con amor en nuestra vida, haciendo el bien a los demás. Así sea.

 

+José Antonio Fernández Hurtado
Arzobispo de Tlalnepantla