HOMILÍA EN LA MISA DE FIN DE AÑO 2022

December 31, 2022


HOMILÍA EN LA MISA DE FIN DE AÑO 2022

 

«Cómo no darle gracias a nuestro buen Padre Dios, cómo no darle gracias a la Sagrada Familia de Nazaret, que ha mirado con benevolencia a todas nuestras familias, a la gran familia de la Iglesia, a la gran familia de la humanidad»

 

Mis amadas hermanas, mis amados hermanos en Jesucristo Nuestro Señor:

Quiero saludarlos de una manera muy cariñosa, muy afectuosa, a cada uno de ustedes aquí presentes y también a quienes a través de las diferentes plataformas nos acompañantes desde sus casas, desde los lugares donde habitualmente viven.

A todos los saludo con este saludo de bendición con el que el texto del libro de los Números nos invita a profundizar y nos invita a recibir, el Señor le dice a Moisés y Aarón: «Bendigan al pueblo, bendigan a este pueblo que yo he elegido, bendigan a los israelitas», y les dice la forma en que tienen que bendecir a este pueblo que ha vivido tantas dificultades, que se ha enfrentado con tantos sufrimientos. Y le dice el Señor a Moisés y a Aarón: «El Señor te bendiga y te proteja, que haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz».

Qué manera tan extraordinaria de bendecir al pueblo de Dios, esta bendición nace del corazón de Dios, tiene su fuente y su origen en el amor que Dios le tiene a su pueblo. Pero esta bendición no solamente se queda en aquel pueblo elegido, en aquel pueblo de Israel, sino que esta bendición trasciende el tiempo, trasciende el espacio, y esta bendición también hoy llega nosotros en esta noche en la que celebramos la última Eucaristía de este año 2022, que está por terminar, en el que hemos recibido la bendición de Dios, en el que el Señor nos ha mirado con benevolencia y nos ha concedido abundantes favores, el don de la vida, el don de la familia, el don de un trabajo, pero también dones todavía mucho más profundos, el don de la fe, el don de la esperanza, el don de la caridad, dones que el Señor durante todo este año nos ha concedido, el don del perdón, un regalo, un don que hoy necesitamos conocer, que necesitamos profundizar para que podamos vivir, cuánto necesitamos del favor de Dios para poder perdonarnos unos a otros.

El Señor nos ha mirado con benevolencia, es decir, nos ha mirado con bondad, con ojos de Padre, y por eso en esta noche venimos a decirle: Gracias, gracias, Señor, por todos estos bienes, por toda esta expresión de tu benevolencia y de tu corazón de Padre. Pero también Dios ha querido que reconozcamos a María, la Madre de su Hijo, como Madre nuestra, como la Madre del verdadero Dios por quien vivimos. San Pablo, en su carta a los gálatas, nos dice que «al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estábamos bajo la ley», ¿y quién es esa mujer de la que nace el Hijo de Dios? Indudablemente que es nuestra Madre Santísima, la Madre Inmaculada, la Madre Virgen, la Madre que concibió con gran amor en su seno virginal al Hijo de Dios, a ese pequeño Niño que Ella llevó durante nueve meses en su vientre, en ese vientre virginal, y que a los nueve meses lo dio a luz y nos lo entregó para que el Señor Jesús fuera nuestro Salvador y nuestro Redentor.

María es la Madre del verdadero Dios por quien vivimos, porque Jesucristo siendo verdadero Dios también es verdadero hombre. Por eso también la Iglesia y nosotros, como piedras vivas, como miembros vivos de la Iglesia, reconocemos a María como nuestra Madre, Madre de Dios y Madre nuestra. Cuántas oraciones, cuántas jaculatoria, cuántos tratados teológicos y espirituales se han escrito sobre la Santísima Virgen María. Precisamente el Santo Padre, Papa emérito Benedicto XVI, que hoy fue llamado a la presencia del Señor, nos ayudó con sus escritos a profundizar sobre el amor a la Santísima Virgen María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Salvador.

Por eso hoy la Iglesia, al terminar este año, nos invita también a decirle a María, juntamente con su esposo San José, el gran intercesor, el patrono de la Iglesia en todo el mundo, a decirle: Gracias, gracias, María, porque tu sí hoy sigue siendo fecundo, porque ese sí que le dijiste a Dios cuando te visitó a través del arcángel San Gabriel sigue siendo hoy un sí que nos salva, un sí que nos enseña el camino para llegar al Padre. Ese sí que María pronunció hoy sigue siendo eficaz, hoy sigue siendo activo, hoy sigue dando frutos, por eso la Iglesia, a pesar de ser santa y pecadora, tiene la intercesión y el amor maternal de la Santísima Virgen María, y por eso la invocamos, y por eso le decimos: «Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre». Con esta oración nos dirijimos frecuentemente a nuestra Madre Santísima para pedirle su intercesión, para pedirle su auxilio, para pedirle su protección.

El evangelista San Lucas nos vuelve a presentar esta hermosa escena en la que aparece Jesús, José y María, en la que podemos descubrir el valor de la familia, de esa Sagrada Familia cuya solemnidad, cuya fiesta celebramos el día de ayer, esa familia santa de Nazareth, esa familia que con su modelo, con su forma de vivir nos invita a profundizar y a hacer nuestras sus virtudes, las virtudes de una familia que tiene fe en Dios, de una familia que ama a Dios, de una familia que obedece a Dios y que cumple con lo que prescribía la ley de Moisés, porque era una familia temerosa de Dios, porque era una familia santa que cumplía con gran fervor, con gran alegría, las prescripciones de Dios dadas por la ley de Moisés, y después vivieron la ley del amor cuando reciben a Jesús en el seno de su hogar, cuando reciben a Jesús en el seno de esa familia santa.

Por eso en esta noche también pidamos por nuestras familias, familias que a lo largo de este año que estamos terminando se mantuvieron firmes en su fe, se acercaron a Dios, a los sacramentos, fortalecieron su fe y su amor a Dios; por tantas familias que a pesar de las dificultades de la vida se han mantenido unidas en la fe y el amor a Dios. Cómo no darle gracias a nuestro buen Padre Dios, cómo no darle gracias a la Sagrada Familia de Nazaret, que ha mirado con benevolencia a todas nuestras familias, a la gran familia de la Iglesia, a la gran familia de la humanidad. Pero también debemos de reconocer que como familia humana no hemos estado a la altura de lo que Dios esperaba de nosotros y que no hemos sabido convivir como esa gran familia de los hijos de Dios. El hambre, la pobreza, las guerras, la migración, todos estos fenómenos sociales, todas estas circunstancias que vivimos y que vemos todos los días nos hablan de la necesidad que tenemos como familia humana de trabajar por la paz, de trabajar por la justicia, pero también en nuestras propias familias, en el seno de nuestras propias familias, necesitamos trabajar por la paz, necesitamos reconciliarnos, perdonarnos, necesitamos fortalecer nuestra fe y nuestro amor a Dios, nuestro sentido de pertenencia a la Iglesia de Jesucristo, esta gran familia que nosotros identificamos y nos identificamos como miembros de la Iglesia, de la comunidad de discípulos y misioneros de Jesús.

Pidámosle a la Sagrada Familia, pidamos la intercesión de nuestra Madre Santísima para este año que está a unos cuantos minutos de iniciar, pidámosle a nuestro Buen Padre Dios que nos siga acompañado, que nos siga bendiciendo, que nos siga mirando con benevolencia y que nos siga dando esas gracias abundantes que necesitamos a través de la gran intercesión de María Madre del verdadero Dios por quien se vive.

Que este año 2023, que se pronostica un año difícil en muchos aspectos, en el social, en el económico y en otros aspectos, sea un año también en el que, sintiendo, viviendo la presencia de María, seamos una Iglesia viva que confía en Dios, seamos una Iglesia que trabaja por la paz. Los invito para que pidamos por todas esas familias que sufren la enfermedad de sus seres queridos. Cuando venía entrando en la procesión una señora me pidió orar por un pequeñito que está enfermo, y oramos por él, pero también por todos los enfermitos que están en los hospitales, que sufren, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, adultos mayores, hombres y mujeres que necesitan del consuelo de nuestra oración.

Finalmente pidamos por el eterno descanso del Papa emérito Benedicto XVI, un Papa que nos ayudó a fortalecer nuestra fe en momentos muy difíciles que vivía la humanidad, que nos ayudó a fortalecer nuestro amor y nuestro vínculo a la Iglesia en la que fuimos bautizados, en la que recibimos el don de se hijos de Dios. El Papa Benedicto, con su sabiduría, con esta inteligencia que Dios le dio como un gran don, nos ayudó y no sigue ayudando con sus enseñanzas a seguir transitando, a seguir caminando en estos tiempos tan difíciles, para que nuestra fe no desmaye, para que nuestra fe, al contrario, se haga más firme, se haga mucho más comprometida en la transformación de nuestro mundo. Que el Señor le conceda a Papa emérito Benedicto XVI el premio de la salvación eterna y que todas aquellas enseñanzas que él escribió, que él transmitió, ahora las viva eternamente contemplando el rostro de Dios, por quien entregó toda su vida y ejerció su ministerio petrino con gran humildad, con gran sencillez, pero con gran firmeza.

Dale, Señor, el descanso eterno. Y luzca para él la luz perpetua. Que el alma del Papa emérito Benedicto XVI, por la misericordia de Dios descanse en paz. Así sea.

 

+ Efraín Mendoza Cruz
Obispo Auxiliar de Tlalnepantla
y Obispo Electo de Cuautitlán